Tey

Ese día lo habíamos buscado por meses, luego de fallidos intentos nos conformamos con los únicos cinco que dijeron estar disponibles de forma genérica, “cuando sea y como sea”. 

  • Una chica de los años ochenta, toda una dama con hijos en la universidad,
  • una de ese cruel último año que el colegio cerró,
  • un compañero de la generación dorada que logró ver bachillerato en los ochenta,
  • una dama ya pasada en lindas canas, de mucho antes y,
  • yo que por ratos olvido cuando estuve realmente.

teyLlegar al desvío de Río Dulce fue una odisea común, con la calle que el superministro conserva en relieve lunar y los conductores de nuestro entorno.  Nos agradó ver que el pavimento recorría todo el trazo hasta el desvío de El Porvenir, cinco libras menos de polvo que antes tragábamos y luego devolvíamos por las ventanas en decoraciones colgadas en las letras Díaz Donaire.  Del puente en adelante estaba en construcción, La Masica, El Zapote, de la cuesta de La Peña en adelante estaba recién balastado por la compañía minera, como en años que fuera alcalde Urbano Márquez.  El recorrido nos trajo ratos memorables, en mi camioneta negra, las paradas del camino para degustar las fritas que hizo la más hábil nos hicieron recordar las ganas que teníamos por llegar pronto, nos reímos de chistes e historias como si las hubiéramos vivido en el mismo momento, aunque solo yo parecía ser contemporáneo de todos.

Al llegar a Minas de Oro, pasamos por un pueblo reconocible en nuestros sueños, con sus calles empedradas, paredes de bahareque blanqueado y señoras que sacan la cabeza para ver quien pasa sin decir nada; en contraste contemporáneo vimos chavales con peinados de pájaro loco endurecidos a pura gelatina, extrañamos el color amarillo chorcha de las escuelas de aquel tiempo, nos asustó un kiosco en medio del parque y los edificios construidos en plena plaza de La Trinidad

Parqueamos el vehículo frente al edificio de la dirección, con sus paredes de bloque pintadas en gris Opoteca, su puerta estaba abierta y nos saludó un hombre joven muy atento en barba de candado, nos explicó que alquilaba el local por 500 Lempiras, pero que podíamos entrar siempre y cuando nos reportáramos con un vigilante que en esos días cortaba la grama.  Pasamos, vimos el salón del mimeógrafo convertido en cuarto de niños con tarima de colores vivos, el salón de maestros en dormitorio y los muebles de sala colocados donde se sentaba el director y la secretaria cuyo nombre, por más que intento, con sus innecesarios regaños no me viene grato, solo su apelativo que suena a vehículo de terracería.

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El vigilante cortaba el césped en la zona del hasta de la bandera, justo donde en el social de ICTHUS Gabriel o no se si el Peiper debió declararle su amor a la más bonita de las Kaffati.  Nos extendió la mano, sudadas del machete, nos dijo que si éramos ex alumnos podíamos pasar, pero que debíamos regresar por allí mismo pues todos los accesos estaban con candado y en un par de horas saldría por su almuerzo hasta el Barrio La Pila.

El escenario no era tan trágico como en el relato de Golgi, pero no pudimos dejar de sorprendernos al ver los murales que pintó un ex alumno en el salón de biblioteca, olvidado por los años, la humedad y quizá en el fondo por la ingrata ignorancia.  Allí nos quedamos por un momento, respetando un silencio individual en que seguro cada quien ubicó su lugar predilecto, desde donde podía ver a la chica de sus ojos.  Como promesa del camino, que nunca más haríamos de esto un lamento, salimos de ese salón y pasamos la rampa, hasta el patio de recreo de las internas; ya no estaba esa trucha en colores vivos de la Tropical, pero pudimos recordar el mismo sentir, donde Claudia, Irma, Pascuala vendían deliciosos tacos de Doña Chila y donas de Doña Blanquita.  Caminamos un poco, pudimos distinguir al fondo de la carpintería unos botes de serpientes del laboratorio, aquella maqueta del pueblo, 3D empírico como para ser inolvidables en esa especial promoción, aunque ahora con adornos de moho y lana que no parecían ser originales.

En ese guión estábamos, cuando nos saludó una voz inconfundible para todos

-Hola muchachos-

Era Tey, la legendaria anciana, algo más baja, un poco avejentada aunque en tal estado de conservación, casi como la habíamos conocido.  Sus chanclas de hule al estilo Condorito, vestido de lana en una pieza, verde a florecitas, peineta amarrando un pucho de pelo entintado a lo casero y desengañado por el partido al centro en línea de zorrillo más blanco que negro.  Nos abrazó y soltó un par de lágrimas que hundían sus ojos cuando nos veía hacia arriba, se apretaba de nuevo y nos decía lo mismo pero en tono distinto como si nos conociera a cada uno.

-Usted siempre linda, que alto está, como pasa el tiempo, me acuerdo de su mamá, usted era número 259, usted 203 pero del año…

Nos dijo que ya no vivía allí, que le habían dado una casa camino de Esquías, como prestaciones por sus 38 años lavando todos los colchones cada año, sábanas cada semana y camisas blancas cada día de Dios.  Se ofreció a guiarnos donde le pidiéramos, pues conservaba el manojo de llaves de Jorge Medina.

  • El recorrido inició por el salón de banda, el único que se veía totalmente deprimente ante nuestros recuerdos de Don Wyatt y su batuta, Paco, Angela, Oralia, Malco y Barrios.  Todo el confeti estaba regado por el piso, en irrespeto a nuestro nudo de garganta y de esas giras –con todo y besos furtivos en el bus de San Pedro Sula- que se planificaron en ese pizarrón, con una lección última que nadie tuvo valor de borrar.

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  • luego entramos al internado de varones por la consejería del Profesor Joel Castañeda, Jairo, Edwin, Randolfo Bonilla, Olivero Dubón y también Jejejey. Cada dormitorio estaba abierto, con algunos camarotes en aparente uso reciente, el único lugar que no pudimos ver fue el Manhatan, entendible solo en el noveno episodio del Tesoro Xatruch.
  • Luego por los dormitorios de Doña Gladis bajamos al comedor, con su salón de actos aceptablemente restaurado, algo de óxido en las pilas donde los bequistas lavaban los platos.  Afuera el tubo de hierro  y la piscina del Profe Benjamín, ésta sí con los sapos de Golgi.  Dijo que al otro lado del puentecito no había acceso luego que el pantano recuperara la zona donde estuvo la pecera –piscina de los ochenta- y la turbina –piscina de los setenta-.
  • Pasamos por el andén, con algo de monte entre sus encillas, hasta el punto de la chica de las cartitas donde doblamos por el cuarto de la Seño Margarita, y pasamos por lavandería, por el aula de planchado al internado de niñas.  Por un momento recordamos que por allí salían internas como a lavar la camisa en los lavanderos en esa jugada planificada por Ruth Maldonado, que realmente es para otro relato.  Adentro la misma mesa de piedra, bajo el árbol de mango, como en los devocionales de recreo, la Luna llena de la Profe Nancy y Cheyla contando sus amoríos de Semana Santa.

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  • Nos sacó por una puerta que no existió antes, al lugar donde vivió Baudilio, también Don Nando, Doña Tula y el Profesor Manuel Velásquez.   Pasamos por la prensa de hacer ladrillos, olvidada y ese palo –no olvidado- de Mango desde donde hispeábamos a las internas en paños menores.
  • Por el horno salimos a la cancha, y allí nos sentamos un rato a recordar, el pantalón amarillo de Antonia, el rosado de Cleopatra, el bigote de René y del Turco, lo chistes de Áfrico Madrid y Freddy Folgar, la eterna juventud de la Profe Raquel, Rodrigo y Celedonio ganando la maratón en la manzana.  Negritos que se turnaban de año con la misma sonrisa de mazorca y diferente apellido, Clotter, Solomon, Bodden, Cristanto, Cooper, Laboriel.  Olanchanos que volvían en diferente –no tanto- estatura y similar apellido, Wilkin, Mateo, Edwin, Ana Betty y Xiomara.  Chicas que se hilvanaban entre distintos años, primero como terribles alumnas, luego como guapas consejeras chapadas al estilo de las seños que tanto odiaron.

Por la prisa del tiempo debimos cortar el fichero en comprimidos que rimaran al espacio del disco.

A la escuela no pudimos entrar, nos dijo Tey que se alquilaba a una ONG de vez en cuando, si pagaban algo –de cuando en vez-, pero desde afuera nos imaginamos en la dirección al Profesor Manuel Reyes, en plática con la Profesora Rosinda, Mabel Rowell, Delmy Sauceda, Suyapa Perdomo y Carmelo.  Luego pasamos por donde Doña Panchita, no estaba ya su casa, ni la cabra, ni el gallo, solo el árbol de Floricundia y ese olor a marihuana que vendía Jito Poneca.

  • Entramos por el portón que daba a la canchita, parecía un plantío de Farmville en un 90%, quien diría que con Ken, Melvin y esos otros isleños allí nos jugáramos lodosos campeonatos dignos de gloria.  Con el cara de chato en la portería, los Zotelo en su pelo de jilote, el Pungui, Foslyn Grant, el chavo morolica, machigua, el conejo y los dos chinos López en la repollera.
  • Bajamos por la casa de enfermería, de la Seño Selva, junto a la inútil chimenea nos imaginamos a Don Bejamín en sus lagunas mentales, Rode y Wilber -la bomba- Rodríguez en el pasamano de la grada que caía estrepitosamente a la calle.  Nos explicó que no podíamos bajar por las otras gradas porque ese terreno se había vendido; donde vivió la Profesora Élida, y también doña Dámaris y Don Héctor Tábora. Con disimulo vimos a la izquierda, al lado de la tiendita y nos recordamos de travesuras cuando nuestros padres nos visitaban y alquilaban esa casa del lado –el otro relato-.

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Aquí nos despedimos de nuevo, buscamos el vigilante pero ya se había ido.  En nuevos abrazos Tey nos resumió el mismo poema que nos fue relatando durante el recorrido:

- Todos se fueron yendo, uno por uno:  La Seño Edith, La Seño Mabel, La seño Miranda, La Seño Vivian, La Seño Margarita, La Seño Nancy, Doña Yonna, Don Armando, Don Leonidas, Don Donald, Don Héctor, Don Benjamín, Doña Nacha, Doña Gladis, Doña Blanquita… todos…

Tratamos de contener sus lágrimas, le recordamos que no debemos sufrir por lo que no pudo ser.  Le mostramos la gratitud que tenemos por el Instituto que colaboró en nuestra formación, medio, uno, tres o muchos más años que allí estuvimos.  Pero fue inútil, prosiguió con una larga lista que parecía salir de un panel de Facebook, con apellidos que discordaban desde acentos turcos hasta los repetitivos de Siguatepeque, Comayagua y externos de las cercanías.

Cuando finalmente terminó, nos llenó de mocos en un último abrazo y partimos.  Hicimos unas vueltas de rutina a lo que sobraba del desfile patrio del Técnico Regional y detalles que no aplican para este relato.

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Fue inolvidable.  Contrario a lo que pensaba, en lugar de bloquear lo paradisíaco del sector 0 de mi disco, se volvió más vívido como si residiera en el BIOS.  Casi escuchar los gritos de Abelardo e Ítalo, los colochos de Patty, los ojos saltones de las Santizo, la barba de Chivo de Paco, los gritos de Oliva, la musuca del profe Alejandro, la sonrisa del Profe Javier, la guitarra del Profe Edwin, los anteojos de Will, Los besos de Yanina, los apodos desde el Marquesote hasta La Tita… 

Todo es un rato inolvidable, que vale la pena valorar.

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De vuelta en Tegucigalpa le conté el episodio a mi madre.

Me dijo que Tey murió en 1995. 

Al igual que muchos que juran haberla visto, me negué a creerlo, hasta que me mostró fotos de su tumba en San José del Potrero y me hizo números matemáticos que confirman que de estar viva cumpliría 111 años.

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