La Seño Nancy

La primera vez que me llamó la atención tuve la impresión de una consejera muy severa.  la profe nancy Mirada implacable, sonrisa difícil sin necesidad, me vio de pies a cabeza a las seis de aquella mañana y con un leve movimiento de cabeza me  hizo entender que la posición de mi toalla no me daría tiempo para bañarme, antes del alarido del tubo que llamaba al desayuno.

-Las dormilonas aquí no les va bien- dijo, ya maquillada en rojo brillante, en un nítido vestido azul que parecía estar listo desde la noche anterior.  Luego se dio media vuelta, esfumando su figura por el pasillo en el allegro-andante de sus tacones, mientras su cabellera negra en cola de caballo marcaba un símbolo de infinito.

Pero esa imagen fue cambiando poco a poco, desvaneciendo los terrores que causaron mis compañeras de cuarto en la primera semana.  Se decía de una muerta que taconeaba por los pasillos, se intensificaba con el crujido de los camarotes como puertas de catacumba y el metal-metal rechinando por las noches me traía por los suelos a mis anantes doce años.  Por ser pequeña me tocó estar en el internado de internas de la escuela, y el pavor que me causaba una sombra bajo el frondoso árbol se fue evaporando con los días… y las noches.

Así, sus clases de matemáticas parecieron confundirse con los pentagramas que nos hacía memorizar en la semanal lección de música.  Impresionante verla cuando a las cansadas se soltaba el pelo y sacaba la guitarra, porque lo que hacía con sus uñas era toda una magia que nítidamente acompañaba unos cantos salidos desde muy adentro de su corazón, –aunque sus ojos parecían a veces estar tristes-.  Le encantaba el parque de Minas de Oro, parecía disfrutar llevarnos de compras por el pueblo y de vez en cuando se hacía de la vista gorda con las manitos sudadas de noviazgos en clandestinidad.

Seguro que el espacio no ajusta para detalles -con este editor medio cerrado a la paciencia bloguera- entre su odio a las arañas sobresale la pasión por las noches de luna, nos sacaba al patio en pijama para que, acostadas en la grama soñáramos viendo hacia el cielo.  En un inicio nos parecían rutinas poco interesantes, pero su cariño casi maternal y su obsesión por los imposibles me hizo entender el sentido que tenía verse bañada por la tenue luz de la luna que acariciaba nuestros cuerpos recostados como trapos, subía por el árbol gigantesco, más allá por el muro y rechinaba en los mangos al otro lado, en la quietud que los bequistas subidos en sus ramas nos quitaban por el día.

Fue una de esas noches que nos contó la historia, solo a mí y cuatro más que nos quedamos más allá de la rutina, en un arranque de curiosidad le preguntamos si se había enamorado algún día, tanto como para sentir dolor de huesos dentro de los tuétanos.

-Sí- dijo.  Seguro que sí.

Con su rostro iluminado en 8 bits empezó mover sus labios mientras su mirada subía de vez en cuando hacia la luna para quitar el pelo de su frente, retomar la inspiración y permitir que se asentara la lágrima que casi se lanzaba en vueltereta por su  mejilla izquierda.  Si bien ella tenía un prometido de más de diez años que la visitaba con frecuencia, conocimos entonces que antes de él existió otra persona más.

Se trataba de un novio de la adolescencia,  conocido desde la infancia, tan cristiano como ella.  Después de un perfecto noviazgo, con sueños idealizados sobre una casa de baranda blanca e hijos casi con su nombre escrito jugando con las flores del jardín, muy poco antes de la boda, un infortunado accidente camino del trabajo lo dejó en coma por varios meses. 

Ella estuvo allí, hasta que despertó a la magia de sus lágrimas, cada día, cada noche, cada minuto, cada segundo.

Entonces continuó aferrada a él desde que salió del hospital, hasta la casa, hasta la iglesia.  Después del coma él quedó inválido, atado a una silla de ruedas.  Cada día, cada noche, cada minuto, cada segundo, ella se negó en gritos y alaridos, otra y otra vez.  Lo cuidó por meses, dispuesta a casarse con él, hasta que el amor se tornó en lástima –por dentro- desde ambos extremos y terminó aceptando la decisión de él –por fuera-.

-No quiero que te aferres a un paralítico para toda una vida.  Sigue la tuya, esta es la mía.

Entonces la Profe Nancy vio el cielo, dos lágrimas bajaron por sus mejillas, abrió la boca y lo dijo con un nudo traicionero atravesando en cuña su la garganta:

-Cuando tenga un hijo, se llamará como él.

El tiempo es tan corto en esta vida, un año se va tan de prisa que es fácil olvidar mis desencantos porque en lavandería me perdieron una sábana, las troleadas con la Profesora Elida en su clase de Educación Física, las aplazadas que nos pegaba Jejejey en artes plásticas por no tener tino en las témperas… sin mencionar los severos castigos de la Profe Nancy.  Pero el tiempo no pasa para los recuerdos, aunque he escuchado otras versiones, después de más de veinte años todavía puedo recordar su último día de la clase de música en ese año.

-Me voy a casar- dijo, mientras todos gritaban de alegría, el Botija chiflaba en mis oídos, mientras nosotras nos miramos a los ojos en la misma complicidad sincrónica.  Casi podía pensar lo mismo una hora después cuando al otro lado se oía el grito de Miguel en el aula siguiente y el del mono Ribelino por la mañana del viernes.

Ese Diciembre fui a su boda en el Tabernáculo de Comayagüela, recuerdo todavía las damitas en color azul eléctrico, ex compañeras de instituto que como princesas parecían nunca haber usado falda en paletones.  Pasó al altar, dijo sí, escuchó el sí, y todo sucedió como debería ser.  Al final, me abrazó con vestido de novia rechinante, me vio a los ojos y me volvió a abrazar, tan feliz como debería estar.

No la volví a ver, le perdí la pista como todos y todas lo hicimos antes que llegara Facebook.  Después de tantos años, aún conservo un casset de Virgilio Peña, lo coloco en mi antigua grabadora y cuando escucho el hombre que canta como lo hacen los ángeles, entonces me parece que estoy en aquel mismo patio. 

La luna brilla como nunca, los árboles de mango observan reverentes y todas nosotras en pijamas blancas… solo escuchamos a la Seño Nancy decir lo que no se puede olvidar… cada día, cada hora, cada minuto…

Tesoro Xatruch: El paquete bajo las gradas

El efecto de lo que vendría no estaba en mis planes, pero la ansiedad por lo que haríamos en los siguientes minutos estaba revolviendo saltamontes en mi estómago.

PC170016-edit Era una tarde aburrida en miércoles de caligrafía, con un sofocante calor de finales de Abril en el aula de sexto grado; para entonces el Bachillerato del Instituto Evangélico se había eliminado y solo se utilizaban las aulas de la planta baja.  Arriba solo funcionaba la dirección aunque el cielo falso de madera crujía como si la Profesora Lastenia estuviera taconeando aún a la caza de Jeremías Argueta.  En el pizarrón la Profesora Rosinda Aguilar garabateaba con su impecable letra en carta; a un lado, pegado con cinta de goma el delicado dibujo de una mariposa que habíamos boceteado en la primera hora, practicando la técnica de escala en cuadrícula.  Las rojas canicas de sus aretes hacían una combinación sincrónica con su collar, su vestido a flores y el maquillaje finamente delineado a las seis de la mañana pero que se mantenía todo el día gracias a su habilidad de no sonreír sin necesidad.   No siempre debió ser así, se notaba aún la malicia de una linda chica en sus años mozos, pero más de veinte años lidiando con niños de escuela habían dejado un ceño fruncido que le hacía parecer alguien descontenta no solo con su hijo Armando.

-Entonces gurruminos, hasta aquí llegamos- dijo, mientras le hacía seña al Cucaracho, un compañero cuyo nombre nunca se usaba (Juan Carlos Zúniga),  quien se desesperaba por salir corriendo a tocar la campana de las gradas.

Más tardó en dar la orden cuando el grito lastimero del metal vibró por la escalera, recorrió el pasillo, subió a las aulas de arriba y rebotó en las herméticas ventanas regresando en eco casi con el mismo tono que lo hacía don Harold Brossious en la Escuela El Malcotal.  Se escuchó el bullicio de los alumnos de la Profesora Suyapa Perdomo, que en tropel planificaban el desperdicio de tiempo entre las cuatro y cinco de la tarde.

-Nos jugamos una potra contra sexto-
-Pasamos por la casa de Belkis-
-Llevámele esta cartita a John Wesley-
-Prestame la tarea de mañana…

Yo, tomé la escoba, como mi rutina diaria, doblé las sillas hacia el piso como lo venía haciendo por más de un año, luego pasé la escoba que muy poco trabajo tenía más que las clandestinas bolsas de churros que dejaban enrolladas en el angular de la silla Cinthya y Emelda López.   Luego me dirigí hacia el pasillo, cerré el portón exterior y caminé en la costumbre de encontrar el trapeador que se guardaba en la pileta del baño, tomé las mechas que estaban tiesas como pelo de mochilero y me dirigí al baño de varones para lavarlo con aceite de pino.

Entonces vi la tenue luz encendida en el baño, y allí estaban todos listos, cada uno había traído dentro de su mochila un insumo necesario para hacer la lámpara hechiza:  baterías, un alambre, una bombilla, cinta aislante y unos tubos de papel higiénico.  También un lazo, un martillo de zapatero, tijeras, un punzón y trapos viejos para no ensuciar el uniforme blanco que debíamos usar el día siguiente.

-¿Ya no hay nadie?- me preguntó Kessler.

-Nadie- le dije, al tiempo que les mostraba las llaves en tintineo.

En puntillas llegamos al centro del pasillo, frente a la puerta que estaba bajo las gradas, busqué la indicada y sin mucho trámite quité el candado negro.  Empujé la puerta y rechinó al abrirse contra el polvo acumulado sobre el piso, entonces nos adentramos los cuatro, sin movernos hasta que fuimos conscientes de ser parte del húmedo aroma de tabanco, como a murciélago, como a telaraña, como a lechuza.  Entonces observamos que el pasadizo iba hacia el fondo, y doblaba a la izquierda en la forma de la escalera mientras el cielo se iba estrechando hacia abajo a medida que bajaban las escaleras.

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Hasta allí llegamos, había por todo el piso acumulaciones de polvo en forma de pelusa, como telarañas que habían cedido el peso del tiempo, las paredes mantenían un repello antiguo en que apenas se notaba una especie de barro humedecido por la soledad y endurecido por los el tiempo.  Más allá, pudimos ver un único bulto justo donde finalizaba el pasadizo, por lo estrecho íbamos en el orden del miedoso:  Primero Kessler, el más impetuoso y quien nos metió en este asunto, luego un compañero de otro grado, hijo del telegrafista, yo iba de tercero y por último Sandra Ivonne, una chica que se quedaba por las tardes con la excusa de ayudarme mientras la consejera llegaba recogerla pues era la única interna de la clase de su grado.  Podía sentir sus nerviosas manos tocando mi cintura, sus duros pechos rozaban mi espalda en la excusa de temores y en remembranza de furtivos apretones que no aplican para esta ocasión.

-Se los dije- dijo Jonathan, que haló la caja hacia el centro, Yester tomó la lámpara hechiza y la apuntó hacia el paquete, en tanto que Sandra sonaba su nariz en el intento de no estornudar, y yo… me deshacía en nervios hasta el hígado.  Luego de un par de tijerazos, la caja estaba abierta, empezamos a sacar diversos objetos que a primera vista decepcionaron la expectativa con que todos llegamos hasta allí:

  • Un juego de escuadras que parecía haber sido usado una y otra vez en un curso de catastro al  estilo Filadelfo Acosta.
  • Un viejo himnario pasta azul y letras góticas de iglesia centroamericana, debió ser de un gran dibujante que se desquitaba en los devocionales con un estilo simplemente  impresionante.
  • Una caja de papeles finamente doblados, que tenían la apariencia de fotos y cartitas de amor circulante entre el internado de señoritas y el anexo del colegio.
  • Una carpeta tipo manila conteniendo cosas comunes de un estudiante:  lápices, colores, sacapuntas, tiza, tinta china, todos ellos con signos de uso común.

Luego había algunos artefactos que cobraban valor diferente, aunque no era identificable su utilidad en este momento.  Una especie de hierro doblado en el extremo en forma del pececillo de ICTHUS, una pieza de bronce con un agujero al centro y un legajo de papeles oxidados que se habían atado con hilo a una pasta de cuero tostada, entre ralladuras se podía apenas distinguir el relieve hecho con navaja sobre el cuero café:  XATRUCH.  Cada quien sugirió como repartirse los objetos, pero llegamos a la conclusión nada hacíamos si no pensábamos en sacar aquello de la escuela, así que Jonatán cerró la caja de nuevo y le volvió a intentar un nudo con los trozos de cordel que se deshacían con cada intento.

En ese instante, Yester alumbró hacia arriba, hacia el cielo inclinado bajo las gradas, señaló con la mano hacia en frente mientras sus blancos cachetes apenas iluminados mostraban el sentido de desconcierto de sus ojos.

Nos retiramos un poco, observamos con cuidado y en un completo silencio fuimos abriendo cada vez más la boca sin poder dar crédito a lo que estábamos viendo bajo el cielo de las gradas.

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