El piano que sonaba solo

Eran las 12 del medio día, caminé con mi tía a la acostumbrada lección de piano; sus manos me apretaban firmemente mientras pasábamos por la esquina de la dirección donde los internos del Instituto Evangélico descansaban sus vistas. Aunque en el fondo ella sabía que los piropos eran para sus dotes, que a partir de una cintura de abeja exageraban hacia arriba hasta culminar con un lindo rostro que hacía suspirar los alumnos en sus labios cuando impartía la clase de flauta. Ese día sus lecciones se le iban a olvidar, luego de pasar uno de los momentos más impactantes de su estancia en Minas de Oro.


Entramos por el portón cercano a la tiendita y bajamos frente a las solitarias aulas que desesperaban por la jornada de la tarde; la sala de piano estaba contiguo a la biblioteca, y más parecía una bodega donde almacenaban pupitres sobrantes; dentro estaba el desafinado piano que usábamos los externos con valor de seguir las pisadas de la Seño Margarita y al menos una hora por día nos encerrábamos en ese espacio para engañarnos por nuestra propia cuenta. Abrimos la puerta, adentro se sentía el olor a mariposa muerta, caminé de frente mientras las empolvadas sillas se arrimaban a los paletones de mi falda y perfilaban las curvas de mi tía quien debía hacer malabares con su figura para pasar entre las estrechas filas.

Al fondo, como caja musical algún practicante tocaba el piano, las notas parecían salir desesperadas por las rendijas del encierro, era aquella canción llamada “Estude”, del segundo nivel de John Thompson y sonaba bien aunque de vez en cuando rechinaba horrible el do central que nunca afinó Don Wyatt en excusa de la gotera diluviana.

Cuando llegamos a la puerta, mi corazón explotó como mortero en feria, de pronto sentí que todo se volvía oscuro y unas chispas me cruzaron por el frente como carbunclos de las minas de Ojojona. No era mi imaginación, el candado mordía la aldaba de la puerta y mientras más nos acercábamos, más fuerte sonaba adentro, para colmo el tintineo andante pasaba a sonar sepulcrales notas graves. Traté de retroceder pero mi tía me detuvo, ella estaba más petrificada y sus ojos grandes me veían, ambas recordábamos aquel escenario de la novela en moda, en que un piano sonaba solo como si la estuviera tocando una abuela a quien asesinaron por la herencia maldita.

Para ese momento las manos de mi tía estaban sudadas y me sostenían por los brazos, intenté escabullirme pero su fuerza me lo impidió, y mientras nos atropellábamos entre las sillas, se me cayeron dos cuadernos, los colores y el sacapuntas que fue a parar a una esquina del salón.

Ay, tía, no me deje!. –le dije, mientras las piernas se me ablandaban y me llegaban unos grandes deseos de orinar. No se debió escuchar, más pareció un balbuceo infantil que se ahogó en las graves notas que parecían bajar una octava más con irónicos sonidos medievales de parejas danzando adentro del salón, todos con sus pelucas falsas que parecían hinchar la puerta en la intención de explotar.

Mi tía corrió a la salida, su desesperación por abrir el llavín se transformaba en mi dolor de huesos mientras desajustada, debajo de pupitres buscaba mis cuadernos, el angular metálico de las sillas me golpeó el occipital dos veces y el filo me hizo una ralladura en el omóplato que me rompió el uniforme mientras sentía como si Jason estuviera subido sobre los pupitres buscando perforarme la espalda. Mientras recuperaba un libro se me caían dos más, dejé botados los marcadores y el sacapuntas, hubiera dejado allí los cuadernos de no haber sido excesivamente temerosa de los castigos de la profesora Suyapa Perdomo. Finalmente salí, mis suelas se resbalaban en el mosaico como guapinoles, perseguí a mi tía por todo el andén que salía a la cancha, sin el valor de volver la mirada hacia atrás donde el ruidoso piano parecía tocarme las pantorrillas en esa sección del arpegio, cuando las semicorcheas le peinan el bigote a Mel Zelaya.

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Luego de tocar el piano media hora por resignación, después de dos horas de esperar, maldecir y gritar, finalmente alguien llegó y me abrió la puerta, un gracioso me había puesto el candado por fuera.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

este esta como el de la campana, que le tocaron a carmelo y a el profe luis... se oyo la campana seguido de uñeteos de animal y tropel como de tres fantasmas, ese lo escribo yo

Chuyo dijo...

Me gusta la desesperación que generas.

Chuyo dijo...

Es fascinante la desesperación que evocas.