Piano y Futbol


Fue en los días cuando jugar al fútbol bajo la lluvia, con la ropa cubierta de lodo y el sudor condimentado de carcajadas era la receta perfecta después de salir de clases. Fue allí cuando decidí cambiar el resbaloso balón por las esmaltadas teclas de un rechinante piano, en un oscuro salón lleno de polvorientos insectarios y lúgubres fantasmas que danzaban al ritmo de Mozart.
Una tarde romántica de un recital de mi hermana, la impulsiva emoción de lo novedoso me llevó a disfrutar de la compañía una vez a la semana de una misteriosa norteamericana conocida como “La seño”, que al ritmo de tambores indios enseñaba el arte de salirse de este mundo, mirar por la ventana y hacer cantar un baúl de madera con dientes de formica manchados con chingaste de café negro necesarios para hacer los bemoles.
Era uno de los pianos mas desafinados del internado por estar en un salón accesible tanto a los externos practicantes de piano como a los desesperados por un ardiente beso con sabor a telarañas. Un brillante alumno le había quitado el recubrimiento a do central y nos había proporcionado la eterna salvación.
Mi avance fue agigantado. Lograba tomar dos lecciones a la vez y adelantarme a los aburridos compases del nivel llamado deditos. La rutinaria hora de práctica diaria se convirtió como muchas cosas en mi vida en una obsesiva jornada que terminaba cuando la oscuridad de la noche y el tenebroso canto de grillos me recordaba que ese no era mi lugar.

Alguna noche las lecciones hacían colapsar mi talento y me parecía más divertido aprender los nombres científicos de los huéspedes de los delicados cajones. Había colecciones desde mariposas hasta los más extraños escarabajos resultantes de los disparatados trabajos manuales de algún maestro de Ciencias Naturales o descabellados alumnos filatélicos de los rincones. La Seño Margarita debió conocer mis depresiones artísticas que solía calmar encomendándome tres lecciones a la vez o un par de galletas que coleccionaba de sus viajes a Estados Unidos. Daba igual, mi obsesión por lo novedoso no se apaciguaba mucho con el sabor a cucarachas finas de las galletas.

Más de alguna vez, me acerqué a la ventana por la noticia de la fría lluvia de septiembre, que humedecía el césped del coliseo de fútbol y se combinaba con el fango marrón de gladiadores bulliciosos, compañeros de mi sexto grado que decidían jugarse otros cuarenta minutos de desobediencia a la materna prevención de un buen catarro.

-Que bruto soy- pensé varias veces al notar la ligera diferencia entre los tiernos arpegios y los heroicos alaridos que acompañaban al esperado gol o la vergonzosa caída adornada de burlescas carcajadas en un manjar de lodo.

Aún me pregunto porqué lo hice, aún busco respuestas a una extraña vocación artística que duró tres años y que marcó mi nostalgia por el catarro bajo los truenos. He llegado a la conclusión que no fue una buena decisión por el arte ni una mala elección al ocio.
…solo fue la combinación de tener 11 años y vivir en Minas de Oro.



2 comentarios:

Irina Orellana dijo...

Estimado Golgi:

Que interesante mezcla entre lo artístico y deportivo, especialmente en un chico de la primaria. Me gusta saber que hay hombres así, que sientan interés en dos mundos, que para la mayoría no compaginan en lo absoluto. Definitivamente se requiere mucho amor y pasión por ambas cosas, así como trabajo y perseverancia para llegar a dominar ambas disciplinas.

Creo que de niños y niñas nos gusta mucho más disfrutar el momento y vivir nuestra niñez, libres y con la seguridad necesaria para darle rienda suelta a la hiperactividad.

Actualmente los ñinos y niñas de nuestras ciudades no tienen donde jugar, y es muy lamentable que no sepan lo que es subirse a un palo de guayabas o paternas, nadar en el río, andar en bicicleta, jugar bate con pelotas de media, revolcarse en los charcos (o meterse con botas de hule en ellos), o simplemente rodar guindo abajo en las lomas engramilladas del campo.

Esos aspectos de la niñez son los que personalmente me atraen, tan genuinos e intensos, que nos dejan memorias imborrables en nuestra vida.

Anónimo dijo...

Me gusta la foto, alli estamos los de la selecta de tercer curso año 86.