La Seño
![]() | Era una misteriosa mujer de esas que simplemente están allí. Alta y delgada, de pelo gris empedrado, quijada afilada, nariz aguileña montada por unos sobresalientes anteojos de maestra de los sesenta. Tras los espejuelos una pacífica mirada de quien abandonó un tesoro a cambio de otro sin preguntar cuanto valían. Llegó a Minas de Oro en los inicios del Instituto Evangélico, probablemente como maestra de inglés, Biblia y música. Se quedó de por vida, usando el mismo estilo de ropa que trajo; planos vestidos largos de flores color pastel a media pantorrilla tal como los usó en el Instituto Moody. Un verde impermeable la acompañó, aunque nunca envejeció a su ritmo. Dos pares de zapatos; uno negro y otro café que Don Ricardo Durón aprendió a fabricar cada tres años, amortiguados por reencauches trimestrales. |
De mente ágil, combinada con una memoria canina que le inspiraba una sensación de saber donde estaba cada válvula de la antigua instalación del internado. Cuando no hubo carpintero ella fue uno, cuando no hubo fontanero reparó las tuberías, cambió cada lámpara porque nunca hubo electricista; sin que estas actividades afectaran su labor de rectora de la institución. En cada ciclo de rebeldía entrenó al nuevo jefe de mantenimiento enseñándole a casi desarmar la planta generadora de energía. A todos los lloró, aunque no tanto como a Jorge Medina, a quien literalmente adoptó. Nunca se casó, por eso el nombre de “Seño”. La Seño Margarita Jossie, como era aproximadamente todo su nombre. Nadie sabía si recibía salario por servir clases de inglés, piano o por enseñar el arte de mantener con vida y en aparente florecimiento una institución que a su partida solo sobrevivió dos años más. Entonces supimos a donde iban tanto su salario como las ofrendas que promovía en sus viajes a Estados Unidos. Enseñaba piano con sus antiguos libros rojos de John Thompson, cuyas clases de memoria repelló en la vocación de cada testarudo apasionado por las teclas. Disfrutó tanto el refinado piano de salón de actos como las rechinantes teclas del piano de la Iglesia Centroamericana del pueblo donde tocó cada domingo todos los arpegios del himnario azul hasta que mi hermana se atrevió a desentonar por su propio riesgo. Recibía cada nuevo maestro en enero con la misma sonrisa que lo despedía en noviembre, cuando en la estampida de los internos la mayoría se iba para nunca volver. Y entonces se quedaba para hacer mantenimiento como Dios manda; cortábamos el césped de todo el instituto, lavábamos los colchones tal como si estuviéramos pisando uvas en lagar, cerníamos dos silos del maíz que alimentaría el próximo año, en permuta de un par de fichas capaces de convertirse en cuetes que duraban la noche del veinticuatro de diciembre y remordían con los nacatamales del veinticinco. Así derrochábamos el mes de diciembre, y en enero para no aburrirnos quebrábamos las ramas de inocentes árboles de mandarina y jugábamos perezosos partidos de voleibol con los nuevos alumnos becados. Ella en una actitud de remordimiento nos invitaba a degustar en el comedor de los internos junto a los entusiastas bequistas sonrientes ante la inosencia de lo que les esperaba. Recuerdo haber sido de su elenco de engañados pianistas, de su chillón coro navideño, del servilismo vacacional, pero sobre todo, su conserje personal por no tener manera de pagar la clase de piano. Sus rutinarios encargos eran los mismos: Comprar emergentes donde Don Jilo, esperar cartas extraviadas del correo en la vacación e ir a donde Don Ricardo a reencauchar sus zapatos. Todo eso a cambio de una hora semanal de su lección de piano, acompañada de un par de galletas con sabor a medicina y subliminales consejos que me enseñaron a obsesionarme por lo complicado sin dejar de amar las cosas exageradamente sencillas. En encargos especiales me pidió limpiar su oficina, donde degustaba la fantástica colección de animales disecados, antigüedades, caracoles extraños y arcaicas fotografías que lamento creer que están en un cesto de basura. Unicamente conservo un baúl antiguo con su nombre en pintura amarillenta que literalmente reza: “Marjorie Jossie”, Vía Amapala, Honduras”. Abandonó su barco cuando el parásito de la triquina le llegó al cerebro y no pudo recordar sus lecciones, sus válvulas y sus cuentas. Adquirió la enfermedad de forma natural, consumiendo la misma comida de los internos y en su presencia para dar el ejemplo. Durante cuatro años la observé rumiar a unos cuantos metros, mientras asumía mi responsabilidad de lavar los curtidos platos de los internos ante quienes nunca pidió comida especial ni se quejó exceptuando la vez cuando una piedra en los frijoles le dañó la placa de dientes. En silencio, en su silla preferida, devoraba todo a la misma velocidad con que hacía cada acción: a la carrera. Su retiro fue como el de la institución, que sobrevivió un par de dolorosos años para nunca más abrir sus puertas. Sin avisos, sin despedidas, sin gloria. Supimos del ocaso del internado porque alguien nos contó cuando quisimos hacer una visita de ex alumnos, costumbre frecuente en el mes de la patria para lucir una citadina novia o en Noviembre para llorar de placer en una clausura a ritmo de pompa y circunstancia. Le escribe a mi mamá tres veces al año. Ella dice que le relata historias cuantificables únicamente en volúmenes lacrimales pero que siempre tiene un buen sentido de humor y agradecimiento. Cuando intenté buscar en Internet la dirección que aparecía en los sobres supe que es un humilde asilo de ancianos en Oregon, donde narra posiblemente sus anécdotas vivientes y con suerte tiene un piano donde les deleita con su lección última del tercer nivel de piano: Barcarola. Le escribí un día. Quizá no le entregaron la carta, quizá su memoria le falle o quizá sienta pena por haberme confesado su deseo final: “Quiero que me entierren entre los pinos de Minas de Oro”. | |




9 comentarios:
Apreciable Amigo/Amiga:
Realmente no sé como enviarte un mensaje directo o a caminar desorientedo cuando solo tocás las paredes. En todo caso, quiero decirte que estoy con el mismo espíritu de enlazar la hermandad de Catrachos juntos. Tengo mi propio blog y estás en el mismo. El mío se llama Sampedrano. Mi pseudónimo es ALQUIMISTA. Ya muy tarde en mi tarea de escribir poemas y relatos que alguien tenía el mío.
En todo caso, celebro el modo muy tuyo de escribir. Me remontás hacia los setentas, y ochentas, cuando vivir tranquilo no era un gran problema...
Saludes,
ALQUIMISTA
Realmente esta muy bonita la historia,es obvio que estudiaste en el INSTITUTO EVANGELICO (yo estudie en el LICEO SAN ANTONIO)y que ademas le guardas mucho cariño.Yo visito MINAS cada 15 dias,sigue siendo el mismo lugar paradiciaco,descuidado por los gobiernos locales,que espero que algun dia despierten y le den el valor al Pueblo que se merece.Su clima ,sus quebradas,sus cerros verdes,estan todavia ahi,esperando que quien quiera disfrutar de esa maravilla se acerquen y la disfruten.Su gente sigue siendo hospitalaria,su comida y sus tradiciones siguen intactas.Visiten MINAS y conoceran el lugar mas cercano al PARAISO.
Sludos.
RAMON
...comienzo a leer el relato con curiosidad y un poco de alegría, inmediatamente traen a mi memoria las mismas cosas que nos vieron crecer. No recuerdo todos los detalles, porque algunos de ellos son un poco turbios y dolorosos. Finalmente términos de leer… un par de lagrimas se acumulan en mis parpados, en el mismo momento que mi corazón explota de nostalgia, mis lagrimas siguen prisioneras en mis ojos, mientras mi imaginación vuela y se remonta a aquellos maravillosos años 80's,… me siento afortunado de ser parte de estas historias que algún día contare a mis nietos, si es que no me atrevo a escribir.
Es interesante pensar, cuantas cosas pueden pasar y cuanto podemos olvidar. Un consejo, “pasa por la vida aprendiendo y alcanzaras sabiduría, llénate de años, envejece, pero nunca dejes que la vida pase por ti, sin darte cuenta en que momento te hiciste un anciano, sin un solo recuerdo valioso, sin una historia”.
Por fin mis lágrimas deciden recorrer mi rostro hasta caer en el cáliz de Dios. Bendita nostalgia que me hace sentir gratitud, libertad y sobre todo la sensación de estar vivo.
Hermano mío, celebro tu iniciativa de recopilar estas historias de gente y lugares, que tienen un precio incalculable además de ser parte de esas facetas que aparentemente parecieran obscuras y que en algún momento de nuestras vidas quisimos olvidar, es bueno saber que eso no se puede hacer y que siguen palpitando en nuestros corazones, que se regocijan al saber y pensar… como es posible que todo eso paso???
Otoniel Álvarez M. n_alvarezm@yahoo.com
hola amigo gogli es para mi un orgullo conoserte y ser tu amigo desde que llegue a minas de oro en 1986 empesando para mi una nueva esperiencia para formarme como hombre , tu relato me conmueve tanto porque yo vivi tanto momentos inolbidables con la seño que la mente vuela a esos años tan recordados para mi , que lastima que el colegio lo cerraron por falta de corazon, e intelegencia para mirar las cosas buenas que era la institucion , espero que algun dia renasca el Instituto Evangelico Minas de Oro .
Debemos haber miles de exalumnos del Instituto Evangélico.
Que pena que no recuerdo que nos hayan preguntado si estabamos dispuestos a dejar que lo cerraran. Debieron existir alternativas para evitarlo.
Lo leo y vuelvo a leer y cada vez el sentimiento aflora nuevamente, recordando esa heroína importada con el corazón de minaorense
Priviligiados Ex IEMOS creo que todos tuvimos la dicha de haver tratado y conocido a la seno margareth jossi un gran ejemplo de perseverancia humildad amor y respeto como todos hemos de recordar el principio de la sabiduri es el temor a dios,me lleno de recuerdos y nostalgia al leer tus comentarios como no olvidar cuando me fracturaba los dedos jugando Basket o Bolly bol y la seno se encargaba de entablillarmelos y darme 2 tbletas de analgesico,la paciencia y el amor con que ella atendia a todos sus alumno por igual es increible recordar y querer retroceder el tiempo. Te felicito y agradezco a la vez poder recordarme de un gran ser humano quien con toda seguridad ya tiene un cupo para la vida eterna .
anonima,estoy muy impresionada y triste a ala vez, me gusto mucho la historia, que mas que serlo creo que es la realidad de muchas personas que se dedican de corazon a la ensenanza
Me siento culpable por haber dejado pasar tanto tiempo para conocer el paradero de personas tan influyentes en mi vida como la Seño Margie, recuerdo con mucho cariño sus lecciones, sus regaños pero sobre todo su humildad y vocación de servicio. Lamento mucho la manera en la que terminaron sus días y le pido a Dios que le recompense por tanto amor y consuelo que repartió en esta tierra.
Agradezco a quien escribió este relato porque nos hace recordar épocas felices, que Dios te bendiga.
Diana Cuéllar.
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