Fantasmas de Castellano

Fue una tarde común, no fui a mi lección de piano por la premura de un doloroso examen de Castellano al estilo de la Profesora Consuelo Chicas. Eran cerca de las siete de la noche, las clases de piano me habían quitado la costumbre de jugar con los vecinos o ver televisión en pantalla ajena.
Decidí sentarme en la sala, encender la luz de la cocina para evitar el miedo. Se conocían muchas historias de azoros en Minas de Oro en esa casa, la mayoría de ellas habían sido descartadas por mi madre que argumentaba ecos científicos en las paredes, ratones que aprendían a llorar como niños o yeguas que sufrían de comezón a media noche. Por esta razón no temía más allá de lo normal y quizás mis mayores pesadillas se debían a la complicidad de un par de películas de miedo que me habían hecho estremecer. Como ser una historia de una muñeca que toma vida en un viaje en alta mar.
Esa noche estaba bastante silenciosa, las aburridas lecciones de Castellano eran para morir. Si no fuera porque no deseaba perder mi índice académico, con gusto hubiera mandado a volar los interminables párrafos que describían la gramática en su más alto grado de desprecio.
De pronto escuché un ruido en el gallinero que estaba atrás de la casa, asumí con la costumbre de mi madre que el gato había fallado en su intento de alcanzar la ventana y se había ganado semejante golpe en la madera. Por supuesto me cruzó la idea de la posibilidad que un ladrón estuviera buscando algo que dejo olvidado en sus interminables incursiones de las que fuimos objeto. Quizás le temía mas a un “Tino Patón” que a un azoro, teoría que terminó en el momento que escuché sonar el pasador de la ventana del dormitorio contiguo. Cruzaron por mi mente múltiples posibilidades: Podía no sufrir eso tomando mi cuaderno y largándome a estudiar a mi aburrido cuarto de piano en el Instituto Evangélico, o en la escuela solitaria puesto que tenía llave por ser becario a cambio de un par de escobazos. El dormitorio era uno solo para las cinco personas que hacinábamos mi familia. Cuatro camas pues yo debía dormir con mi hermano mayor; un ropero que cubría la vista de quienes desde la entrada deseaban hispear a mi hermana. Frente a la ventana que daba al gallinero había una cama de metal, con resortes; esta había sido un préstamo de Doña Choncita, sin fecha de entrega por haber llegado al pueblo con el sobrenombre de refugiado de la guerra Salvadoreña y que justo la devolvimos la noche antes de salir de Minas de Oro. Esa era la cama de mi hermana, siempre la había usado y hacia mas ruido que un auto antiguo cada vez que mi hermana se daba la vuelta a media noche.
El ruido del pasador me dejó congelado, creí morir puesto que la cocina con la luz encendida provocaba la sensación de estar siendo observado por las oscuras rendijas de la ventana. No tenía el valor de volver la mirada, por la seguridad que alguien había entrado al dormitorio.

Pensé la posibilidad de ver por una rendija del cancel que dividía la sala del dormitorio, pero para ello debía levantarme pues estaba sentado contra la mesa. Sigilosamente me incorporé, en mi mano un lápiz grafito, creyendo que su punta afilada podría salvarme del mas vil asesino, giré hacia el lado que daba a la cocina por temor a ser sorprendido, y cuando estaba acercándome a la abertura del cancel sucedió uno de mis momentos de mayor desesperación: los resortes de la cama lanzaron un temeroso alarido al ser estirados por un peso extraño que se depositaba sobre su factor de tensión. Sentí que ese momento duró una eternidad, estaba petrificado en una millonésima de segundo. Ahora no podía usar una excusa, simplemente mis oídos habían escuchado el ruido que comprobaba que efectivamente alguien estaba allí. Un alguien que había abierto la ventana y ahora debía estar parado sobre la cama. En la otra mitad del segundo pensé en la posibilidad de salir huyendo, para eso solamente debía correr a la puerta, quitar el clavo, halarla y correr como alma que lleva el viento hasta que sintiera que llegaba a la luz de la casa de don Jeño. Quise hacerlo pero me aterró la idea de no tener tiempo para tomar mis cuadernos de la mesa y ser interceptado antes de guardarlos.
Finalmente con una gran presión en el corazón, un escalofrío equivalente a un navideño baño en la Azulera, me acerque a la rendija para ver de una vez por todas el espanto que había entrado por la ventana. Los dos segundos que tardé en ubicar la rendija y ajustar mis ojos a lo que no deseaba ver pareció un riesgo demasiado alto. No había visto aun una película Martes 13, sin embargo esa era la sensación de exposición que sentí al decidir acercar tanto mi vista a la herida de la madera. El temor inminente de encontrar que ya la cama no tenía nada y que significaría que el espanto estaba próximo a lanzarse al acecho me recordaba que de ser así, sería imposible alcanzar la puerta.

Cuando logré identificar que en efecto, algo había sobre la cama, mi corazón se estremeció. Sobre la sabana negra, estaba la perra pastor alemán que en una de sus desobediencias comunes se había subido a la cama mas baja, para descansar un rato. La sensación de alivio se vio desahogada con un grito desesperado. – Pinki!!! – le grite, inmediatamente la perra se bajó y corrí al dormitorio para castigar la mascota, no sabía si por el susto que me daba o por haber usurpado un lecho sagrado. Mis huesos se deshicieron cuando intenté limpiar la cama, pues estaba tibia, indicando que Pinki estaba en esa cama hacia mucho tiempo.

No fue necesario un método deductivo en esa fracción de séptima vida. En efecto, el ruido de la cama no había sido causado por Pinki. Sin pensarlo más tomé mi cuaderno de Castellano, el candado de la puerta y me lancé hacia la salida. En un lapso de arriesgados segundos cerré con llave por fuera y corrí como si alguien estuviera a punto de tocar mi espalda. Llegue a la esquina de donde don Jeño y corrí por la calle que conducía hacia la cancha del Instituto Evangélico. No encontré a nadie, no lograba decidir hacia donde correr, tampoco deseaba detenerme. Así que corrí hasta la esquina de la dirección del Internado, allí estaba mas claro y para entonces sabía que el lugar más indicado para estudiar era en la iglesia. Recordé que era martes y posiblemente allí estaba mi madre y mi hermana en un aburrido pero efectivo culto de oración. Baje la velocidad pero mantuve el trote, pase por donde Doña Elia, alguien me saludó, luego pasé por la esquina de Doña Chila y allí aumenté la velocidad porque sabia que pasaba frente a la casa de la maestra de Castellano que al día siguiente me esperaba con un mortal culto a la inquisición.

Cuanto llegué a la iglesia vi que Don Wilmer estaba al frente, con su rutinaria frente blanca y peinado de lado. Usé la estrategia que ya conocía, me arrastré por abajo de las pesadas bancas de madera hasta que llegué a la mitad del salón. Allí me incorporé como cualquier fiel que finaliza su sueño, tomé mi cuaderno dispuesto a estudiar mientras el pastor hablaba de una historia que ya conocía.

-¡Rayos! – Dije – Tomé el cuaderno equivocado.


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  • 2 comentarios:

    Billy Shears dijo...

    Me gustó.

    Anónimo dijo...

    ES LA MEJOR HISTORIA QUE EH LEIDO EN MUCHO TIEMPO. SE NOTA QUE ES UN BUEN ESCRITO Y SABE BIEN COMO MANIPULAR LAS PALABRAS A SU MODO. ESTOY ENCANTADA. ES A TEMOROSA PERO A LA VEZ CHISTOSA ESO ES LO QUE LA HACE INTERESANTE.