El Profesor Dario


...cuando lo vi fui conciente del paso de los años, sus ojos no brillaban como siempre, aunque su sonrisa era la misma.
Su nombre Darío era muy conocido en muchas zonas de Comayagua, Carías como la mitad del pueblo y sin ninguna relación ancestral con un famoso dictador de Honduras. Aunque su apodo que sonaba como la mascadura de tabaco era más famoso y lo usábamos después de una soberana reprensión.

De tez blanca, frente amplia que cada día aumentaba, sonrisa endientada y ojos un tanto desubicados que lo hacían mirar con la cabeza inclinada hacia abajo. El profesor Darío era considerado uno de los mejores maestros del pueblo. Director de la Escuela Mariano Alvarez que con su anexo estaba en ambos extremos del parque. Contó con un equipo selecto por muchos años que incluía los profesores Canaca, el profesor Rigo, la profesora Nelly y otros cuyos nombres ya no recuerdo.
Su esposa, la profesora Cayita había sido capturada con su presencia juvenil cuando como Director Departamental la nombró. En ese tiempo ella era una joven chica, con deseos obsesivos por educar hasta los muchachos más tremendos bajados como mangos del Barrio Los Cálix. Ella fue su compañera de por vida y la única vez que lo abandonó fue cuando se cambió al Liceo San Antonio, a una cuadra de distancia y con esta expansión garantizaron entre ambos ser maestros de casi todo el pueblo durante treinta años. En esta escuela ella invirtió toda su vida, vio pasar sus hijos, sobrinos y aún nietos hasta que se jubiló. Entre los atractivos exóticos del profesor estaba una cola de vaca disecada que estaba en la gaveta de su escritorio. Se dice que era sacudidor de polvo, pero me consta que en sus momentos de erupción lo usaba como látigo y vaya si cumplía su labor inquisidora. El aula de tercer grado tenía el privilegio de resguardar la campana, que repicaba para indicar la entrada o salida de clases y retumbaba en mejores deciveles que la desafinada campana del Liceo San Antonio. Lo que más recuerdo del Profesor Darío es su rojo acordeón. Todos los sábados cantábamos en la clase de música los mismos cantos de treinta años. “Montañas azules”, “Negrita para amarte”, “Los Inditos” y otros del folklore hondureño. Los alumnos de otras clases se acercaban a la ventana para observar como el profesor hacía cantar aquel sofisticado instrumento mientras nosotros arruinábamos su armonía con desafinados alaridos.

Los trabajos manuales se turnaban cada tres años, solía ser un gancho para colgar ropa, una mini alacena o una caja de lustrar zapatos; siempre y cuando implicara comprar seguetas donde el Señor Aceituno. Lo interesante es que nos dejaba escoger con una complacencia contrastante a su cruel ironía cuando a final de año un sagaz alumno aceptaba no haber hecho nada o lo quería sorprender con un trabajo de otros años atentando contra su memoria de ganadero.

Un día le ofreció a mi madre adoptarme en caso de no tener los recursos para costear mis estudios. Mi astucia para memorizar listados y aprender rápido lo impactó al punto de delegarme la cola de vaca mientras atendía asuntos como director. Por mucho tiempo me consideré una persona especial en sus memorias puesto que el tercer grado que soporté en su aula no fue suficiente para mostrarle mis defectos.
Cuando pasé a la escuela evangélica no lo volví a ver. Mi madre me contaba que lo había encontrado y que insistía en la propuesta eterna, le ofrecía pagar mis estudios de colegio y aún de universidad. Mis hermanos llegaron a fastidiarme con la frase “regáleme la chanchita” que hacía mofa de su ofrecimiento.

Veinticinco años después lo visité en su casa de Minas de Oro. Hacía varios años se había jubilado y lo debí esperar porque andaba en su caminata matutina, costumbre que había tomado después de renunciar al deportivo y emocionante miércoles escolástico de la Mariano Alvarez. Cuando lo vi fui conciente del paso de los años, sus ojos no brillaban como siempre, aunque su sonrisa era la misma.
Le mencioné mi nombre, el año que él fue mi maestro, un par de incidentes; hasta que me convencí de la realidad.

No recordaba mi nombre.


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  • 2 comentarios:

    Irina Orellana dijo...

    Estimado Golgi:

    Mil gracias por invitarme a tu blog y compartir esos bonitos relatos de la niñez y la escuela.
    Al igual que tú, recuerdo con mucho agrado a practicamente todos mis maestros, y como éstos impactaron de una u otra forma, la persona que soy hoy en día. Lamentablemente la memoria no es infalible, y algunos de los profes que he encontrado después de 20 años, ya no me recuerdan.

    Es el segundo post que leo apenas, y has hecho que mi mente se transporte a Canaveral y Peña Blanca (departamento de Cortés), donde crecí, y al igual que Minas de Oro, son pueblos con sus historias, "perras" y chismes.

    Creo sin duda alguna, que tu blog es una muestra de la riqueza oral que existe en nuestra Honduras, en donde cada persona tiene su forma de ver la realidad y contarla, y de ese modo, transmitirla a las generaciones que recién nos acompañan.

    Muchas felicidades!

    jin orlando dijo...

    queridismo amigo , se que lo seremos porque asi como relatastes esa historia asi relato yo las mias, y creeme que esa me conmovio, me conmovio mucho el hecho que tanto que compartiste con el maestro dario y despues no te recordo, esta linda tu historia, si pudieras hacer mas seria bueno , chau