Sobre los relatos catrachos

Ah, sí, algunos de ustedes se habrán preguntado que onda con los relatos catrachos.  Unos porque leyeron alguno de éstos, otros porque se quedaron esperando otro; que tal si dedicamos algunas líneas para hablar al respecto luego de mi silencio prolongado.

De donde surgió la idea de los relatos catrachos

La idea inició una fría mañana cuando estaba fuera de Honduras, había tenido la intención de escribir algo sobre mis días de infancia pero nunca me había dedicado a ello con disciplina, así que esa mañana mientras boceteaba en una rutinaria agenda saqué una lista de las posibles anécdotas que quisiera eternizar.

Posteriormente, cuando dedicaba un par de minutos a la página de Minas de Oro, surgió lo que se llamó “la lista de deseos del editor” donde se mostraban cerca de 20 posibles sueños que podían hacerse con Minas de Oro.  Uno de esos deseos fue precisamente escribir 20 relatos catrachos y publicarlo como un libro.

De allí que durante unos meses, escribí en las solitarias noches de hotel en el ritmo que sugería la lista de cerca de 75 posibles opciones.  De paso aprendía a usar lo mejorcito que podía hacer Blogger en aquellos días, posteriormente me apasionó más Wordpress pero nunca quise migrar hacia allá los relatos.  También el formato de blog definió el tamaño que debían tener las historias, cerca de las 700 palabras que dura la paciencia de lectores de feeds.

Fue así como salieron los 20 relatos, aunque no es tan fácil categorizarlos porque su temática se entrelaza y todos tienen que ver con Minas de Oro, esta es una forma de nombrarlos:

De anécdotas del Instituto Evangélico (6)

De escenarios familiares (4)

De amores ciertos o ficticios (4)

De azoros de mi pueblo y sus costumbres (4)

De relatos de escuela (7)

 

Cuántos relatos se hicieron

Por simple matemática salen 25, aunque inicialmente la meta era sacar 20.  Con ello logré satisfacer una meta a la que dediqué unas cuantas canas durante mis viajes, varios de los mencionados en los relatos me han contactado para agradecerme, tomar un café o inclusive para reclamarme por haber usado su apodo en la historia, también conocí nuevos amigos.  De todos los relatos es impactante el caso de mi amigo Jonatán Kessler, que se pronunció, se comunicó y a finales del año pasado se suicidó… que pena.  También la de mi padre, quien tras un año de quimioterapias finalmente falleció para dejar un gran vacío en mi vida que me ha costado asimilar.

Cuándo será el próximo relato

La mitad de mi vida ha sido como esta, proponerme una meta, lograrla y detenerme para no hacer las cosas de mala gana mientras la obsesión por lo novedoso pierde su filo y otras pasiones llenan su lugar.   El libro se publicó con los veinte relatos, y anda por allí en las librerías más para satisfacer un sueño que para generar utilidades en un pueblo no dado a la lectura.

Con el tiempo, he dejado de escribir sobre esta temática, y me he concentrado en un blog bajo una línea más técnica que no deja de ser otra de mis pasiones.  De vez en cuando suelto algo de la poesía en formato de bolsillo pero no con el enfoque que tenían los relatos catrachos.

Cuándo saldrá el próximo relato… no es tan importante, más bien cuándo saldrá el tuyo podría tenerme más intrigado.  Por ahora, mi tiempo, mis viajes me han dejado en en el silencio necesario después del relato 25.  La página de Minas de Oro fue para despertar la comunicación entre ustedes, que son de allá, yo apenas soy un foráneo que me apasionó sus calles empedradas pero que no he podido volver a ver hace ya mucho.  Estos relatos se hicieron para demostrarte que hay mucho en tus historias, escribirlas debería ser una satisfacción que no puedes dejar pasar.

Y quien sabe, si con el tiempo retomo los otros cincuenta relatos que siguen allí en mi agenda.  Gracias por tu paciencia, tus ánimos podrían venirme bien justo ahora que cinco de las cuatro semanas que tiene un mes paso de viaje.

La Campana

Las palabras de este relato son vacías, para explicarles como mi profesor nos trataba de narrar el episodio del que había sido testigo hacía unos cuantos días, en su encuentro con los espíritus chocarreros que inundaban la vieja instalación de la Escuela Evangélica. 

- Y miren muchachos, les aseguro que aunque soy de Occidente, no creía en estas cosas –decía el Profesor Carmelo, con unos ademanes de acordeonista. –El Profesor Luís y yo estábamos en la dirección, haciendo las impresiones de los exámenes finales en el mimeógrafo cuando de repente…

Sus ojos parecían volverse tan profundos, como la oscura noche que narraba. –escuchamos como pasos, abajo en el pasillo, y unos aruñidos en el piso.

- Detenete Ramón- le dije -¿estás oyendo lo mismo que yo? –luego narró como éste en un rincón, encogido de hombros, con ojos grandes como huevos estrellados intentaba despertar de la pesadilla.

- y mientras tratábamos de encontrar explicación alguna, pudimos escuchar como las gradas de madera crujían ante los pasos que cada día se acercaban. Estuvimos en la intención de tirarnos por la ventana a la ventura de la oscuridad, pero era demasiado tarde, se escuchaba como que bajaban y subían las gradas y el sonido de las uñas era inconfundible…

Nuestros esfínteres saltaron al escuchar de pronto el grave “Dong!, Dong!” de la campana, y el aruñado en todo el pasillo y gradas… les aseguro que los exámenes quedaron tirados en la dirección ante la carrera que no esperó a nuestra prisa, solo de contarlo se me erizan los cabellos...

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… Era una noche fría de esas en Minas de Oro, cuando no había cancha para exhibir los tullidos cuerpos en un partido de Basket y asumir volver locas a las internas que desfilaban en la pasarela por el otro costado. Tampoco pudimos ganar la votación por cinco contra cuatro en la elección de ver televisión en el cable local de apenas tres canales, por lo que de nada sirvió haber monitoreado a Pil, un chico que era nuestro cómplice de televisión ajena y que solamente sabía distinguir novelas, pichingos y hormiguillo.

Así que las toneladas de aburrimiento nos desesperaron, luego que Tulio puso la luz y las señoras se dedicaron a ver su novela. De pronto, ese instinto inalámbrico, más agudo que el del Señor Presidente no hizo distinguir que la vieja escuela tenía luces encendidas en la dirección, por lo que decidimos investigar que pasaba. Fueron solo dos gases para saltar la vencida cerca, ni idea por donde entraron los dos canes, así que éramos por todos cinco: mis dos hermanos, una perra pastor alemán color amarillo y una perra negra ahumado que siempre andaba cubierta de aceite quemado para matar una extraña sarna llamada “karate”.

Sigilosamente entramos a la escuela, disfrutando un híbrido entre “The A Team” y “G.I. Joe” y aunque tratamos de no hacer ruido los aruñidos de nuestros canes silbaban en el silencio y los zapatos nuevos de zuela de Rodulfo chillaban como si estuvieran masticando hule. Luego subimos las gradas y pasamos por donde estaba la legendaria campana de El Malcotal, pudimos ver a los profesores Carmelo y Luís, que se torcían tripas en una esquina como asustados de que les fueran a robar los exámenes.

Bajamos las gradas llenos de aburrimiento, con los perros hasta llegar al descanso. Allí mi hermano intentó decirnos algo en clave que no pudimos entender pues lo decía en medio de una risa ahogada.

-Sal… despupusa… que voy… a ja. Ha ha, pa na…

-Qué? -le dijimos, luego repitió lo mismo pero en un Morse más antiguo.

El signo de interrogación desapareció de pronto, cuando nuestros mismos corazones tronaron de sorpresa.

-Dong!, Dong!, - sonó grave la campana al tiempo que salimos descolgados por las gradas como llevados por el eco que retumbaba entre nuestros tropezones y caídas, los perros rayaban el mosaico con sus uñas tratando de alcanzar la puerta.

Finalmente terminamos en nuestro cuartel, muertos de risa y satisfechos de haber terminado con nuestro aburrimiento.

Cuando el profesor lo contaba, las carcajadas sonaban hondo en mi esófago, ante la inconsistencia de sus profundos principios por los espíritus chocarreros y mi rutinaria ambición a tocar la campana a la hora de recreo. No se si me creyó, o lo consideró una insinuación por agredir su clase, aspecto por el que siento mucha pena y donde esté, asumo que tras veinte años debe haber convertido esa leyenda en realidad en algún lugar de Santa Bárbara.

Original de Otoniel Alvarez, editado por Golgi Alvarez.

El piano que sonaba solo

Eran las 12 del medio día, caminé con mi tía a la acostumbrada lección de piano; sus manos me apretaban firmemente mientras pasábamos por la esquina de la dirección donde los internos del Instituto Evangélico descansaban sus vistas. Aunque en el fondo ella sabía que los piropos eran para sus dotes, que a partir de una cintura de abeja exageraban hacia arriba hasta culminar con un lindo rostro que hacía suspirar los alumnos en sus labios cuando impartía la clase de flauta. Ese día sus lecciones se le iban a olvidar, luego de pasar uno de los momentos más impactantes de su estancia en Minas de Oro.


Entramos por el portón cercano a la tiendita y bajamos frente a las solitarias aulas que desesperaban por la jornada de la tarde; la sala de piano estaba contiguo a la biblioteca, y más parecía una bodega donde almacenaban pupitres sobrantes; dentro estaba el desafinado piano que usábamos los externos con valor de seguir las pisadas de la Seño Margarita y al menos una hora por día nos encerrábamos en ese espacio para engañarnos por nuestra propia cuenta. Abrimos la puerta, adentro se sentía el olor a mariposa muerta, caminé de frente mientras las empolvadas sillas se arrimaban a los paletones de mi falda y perfilaban las curvas de mi tía quien debía hacer malabares con su figura para pasar entre las estrechas filas.

Al fondo, como caja musical algún practicante tocaba el piano, las notas parecían salir desesperadas por las rendijas del encierro, era aquella canción llamada “Estude”, del segundo nivel de John Thompson y sonaba bien aunque de vez en cuando rechinaba horrible el do central que nunca afinó Don Wyatt en excusa de la gotera diluviana.

Cuando llegamos a la puerta, mi corazón explotó como mortero en feria, de pronto sentí que todo se volvía oscuro y unas chispas me cruzaron por el frente como carbunclos de las minas de Ojojona. No era mi imaginación, el candado mordía la aldaba de la puerta y mientras más nos acercábamos, más fuerte sonaba adentro, para colmo el tintineo andante pasaba a sonar sepulcrales notas graves. Traté de retroceder pero mi tía me detuvo, ella estaba más petrificada y sus ojos grandes me veían, ambas recordábamos aquel escenario de la novela en moda, en que un piano sonaba solo como si la estuviera tocando una abuela a quien asesinaron por la herencia maldita.

Para ese momento las manos de mi tía estaban sudadas y me sostenían por los brazos, intenté escabullirme pero su fuerza me lo impidió, y mientras nos atropellábamos entre las sillas, se me cayeron dos cuadernos, los colores y el sacapuntas que fue a parar a una esquina del salón.

Ay, tía, no me deje!. –le dije, mientras las piernas se me ablandaban y me llegaban unos grandes deseos de orinar. No se debió escuchar, más pareció un balbuceo infantil que se ahogó en las graves notas que parecían bajar una octava más con irónicos sonidos medievales de parejas danzando adentro del salón, todos con sus pelucas falsas que parecían hinchar la puerta en la intención de explotar.

Mi tía corrió a la salida, su desesperación por abrir el llavín se transformaba en mi dolor de huesos mientras desajustada, debajo de pupitres buscaba mis cuadernos, el angular metálico de las sillas me golpeó el occipital dos veces y el filo me hizo una ralladura en el omóplato que me rompió el uniforme mientras sentía como si Jason estuviera subido sobre los pupitres buscando perforarme la espalda. Mientras recuperaba un libro se me caían dos más, dejé botados los marcadores y el sacapuntas, hubiera dejado allí los cuadernos de no haber sido excesivamente temerosa de los castigos de la profesora Suyapa Perdomo. Finalmente salí, mis suelas se resbalaban en el mosaico como guapinoles, perseguí a mi tía por todo el andén que salía a la cancha, sin el valor de volver la mirada hacia atrás donde el ruidoso piano parecía tocarme las pantorrillas en esa sección del arpegio, cuando las semicorcheas le peinan el bigote a Mel Zelaya.

- o -

Luego de tocar el piano media hora por resignación, después de dos horas de esperar, maldecir y gritar, finalmente alguien llegó y me abrió la puerta, un gracioso me había puesto el candado por fuera.