Espumilla, después de la línea 52 (Parte 3/3)

De regreso a casa, conducía sin prisa, de fondo el instrumental de música andina tocaba suavemente “El sonido del silencio”, en un ritmo algo distinto con el que había llegado a San Pedro Sula por la mañana.

Recordaba el momento sentado en la mesa, más por nervios que por irrespeto esperé hasta que estuvo junto a mí, entonces me paré y la recibí con un caluroso y suave abrazo.  Justo cuando esperaba decir algo en su oído me dio un beso en la mejilla e hizo señal para que me sentara de nuevo.

Se sentó al otro extremo.  Mi sonrisa debía compararse a la suya, grande de la impresión, nerviosa quizá, como la mía.

capuchino

-¿Quieres un café?. Le dije con algo de valor, haciendo tiempo para pensar despacio que hacer ahora.  Contestó con la cabeza mientras buscaba algo en una elegante cartera, de esas que trafica Cheyla en Times Square.

Mientras estaba en la barra del Expresso, pensaba para mis adentros:

-No parece ella.  Debe ser ese tinte que la hace ver distinta.

Nunca imaginé como sería su voz.  Pensaba ella, mientras me veía de espalda y calculaba la edad de mis Blue Jeans de Agrónomo.

Cuando volví a la mesa ella miraba medio de canto el Iphone, con las cejas delineadas levemente fruncidas y algo de mal estar.

-¿Todo bien?, dije.

-Si, dijo, y se obligó a otra sonrisa.

Luego empezamos una conversación que parecía campeonato de esgrima con las dudas que habían quedado de la conversación por Chat casi toda la noche. Aunque el interés no parecía en lo más mínimo en el mismo espíritu, y las conclusiones preliminares eran frías:  Había estado casada, pero llevaba varios años divorciada, al igual que yo.  Tenía un negocio propio, que atendía por la tarde; diferente a mi vida promoviendo proyectos ajenos.  Había estado fuera del país un par de años, yo más.  Inició una maestría que no terminó, yo la acabé aunque a cuenta gotas.

A medida que hablábamos, podía sentir que sus ojos me recorrían de pies a cabeza.  Por buen rato miró mis manos y mi libreta de apuntes.   

-Está canoso, y tiene algo de panza.

Luego, cuando volvió a mi rostro intenté una sonrisa como ella me decía que le calaba el corazón en aquellos años, y me sentí ridículo ante una mueca de lado que no pudo evitar.

El bigote es más abundante, pero ya no le luce.

Su cara era bonita, aunque estaba bastante cambiada.  Sus mejillas llenitas ahora se afilaban en pómulos que resaltaba el maquillaje.  Pese a los años se miraba muy bien conservada, más delgada que como me la imaginaba, un vientre liso que no parecía haber tenido un hijo.  Un fino collar hacía ver delgado su cuello, por arriba del escote que hacía sobresalir sus gracias dentro del orden de lo decente.  Dos anillos en cada mano parecían algo extraños; tras la renuncia optimista de mis prejuicios terminé aceptando que se veía bien.

No es su rostro, pensé.

Se ve bien, pensó ella.  Aunque algo agotado.

En el fondo ninguno de los dos tomaba importancia a los temas de los que hablábamos.  Cada uno recorría el físico tratando de encontrar un hilo de atracción que se conectara con aquella noche de apretones en la prensa de hacer ladrillos.  El esfuerzo por reconocer aquellos labios capaces de deshacer una espumilla en el recuerdo parecía tan difícil como entender la evolución de un bigote adolescente aun no rasurado con uno abundante tallado en los extremos.

Ni siquiera saber que ambos estábamos disponibles después de liberadores divorcios pareció ser importante.  No estábamos en eso aunque lo habíamos pensado mucho antes del encuentro.

Es divorciado, es libre, pero con hijos.

Una mujer así de guapa solo se deja por insoportable, o porque el hombre es un completo idiota.

El ambiente tomó un mejor camino cuando comenzamos a hablar de nuestros días en el internado.  La magia asomó por sus ojos, y pude ver un brillo bastante parecido en sus pupilas cuando hablamos de las cartitas, luego se desvaneció.  Se echó dos carcajadas ante lo inevitable del olvido y recuerdo hilvanado.

-Sí, es ella dije.  Son sus ojos detrás de esa línea negra.

Me remonté por un rato al mechón de aquel día, cuando en piquito de ternura curó mi dedo.  Intenté encontrarlo cuando tomó la pajilla y revolvió la cuarta bolsita de azúcar en un café moka tamaño mediano.

Luego miró el sobre, hizo un ademán en desagrado y llamó a la dependienta.

-Disculpe, me dijo que esta azúcar era de dieta.

-Sí lo es, dijo la joven que cargaba una bandeja verde.

-¡No lo es! le dijo, con un tono más fuerte.

La señora se llevó el café y prometió traerle uno nuevo con la bandeja completa de azúcar para que la eligiera ella misma. 

Regresó al diálogo en una sonrisa rogada, y su ceño se mantuvo fruncido de forma permanente.

Es atractivo, pero no es él.

Se ve guapa, pero no es ella.

Fueron conclusiones inevitables a las que llegamos con cada vez más claro convencimiento, lo que marcó la ruta para el resto de la conversación que se desencantó al ritmo que se acababa el café.  Mi teléfono sonó dos veces, ella contestó tres mensajes y leyó tres más, hasta que ya no había mucho más de qué hablar ni siquiera qué tomar.  No había tiempo ni justificación, ni ánimos para pedir otro moka, pese que estaba delicioso.

 

_____Sugiero activar el audio de aquí en adelante.______

Al despedirme de ella en el parqueo, tomé su mano y miré a sus ojos, presioné dos de sus dedos y con decisión busqué aquella mirada que por años había soñado.  No pensé en como me vería ella, sino qué esperaba encontrar yo.  Me olvidé de las espumillas deshaciéndose en su boca, del Rimmel de sus párpados y busqué justo en el reflejo de sus pupilas.

Pude verla, ella tardó un momento pero también me miró y por primera vez sus cejas bajaron de manera natural.  Se humedecieron sus ojos como temblando, y luego bajó la mirada.  En un cortísimo momento apareció la chica de la cancha convertida en una dama y en un leve toque de química en esa conexión, me apretó el dedo y con una sonrisa llorosa me dijo:

-Se ve que tu dedo se curó bien.

Luego se tiró una carcajada de lágrimas.  Se me rompió el alma y la abracé por segunda vez, ahora sin prisa, mientras ella con sus lágrimas humedecía mi cuello en el compás de un sollozo inexplicable que seguramente los timbales de mi palpitación entendieron.

Me dijo las palabras más sabias que podría haber escuchado, para resolver temporalmente la crisis de mi vida, y seguro también de la suya.

-Quiero conservarte en mi mente como te conocí.


Asentí con la cabeza, casi convencido que lo mismo podría decirle si tuviera suficiente elixir en mi elocuencia.

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En mi viaje de regreso, me remordían, sin incomodarme al extremo unas cuantas dudas.

  • Si realmente había valido la pena conservar tanto tiempo aquellas cartitas.
  • Si habría tenido sentido buscarla tantos años, y qué valor agregado tenía el esfuerzo que también ella hizo.
  • Porqué tenían que ser tan difíciles las cosas para los adultos.

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Pero así es la vida.  Nuestra memoria filtra los mejores momentos, pese a ser difíciles, sabe remarcar en texto lo valioso y etiquetarlo en prioridad para que la nostalgia nos mantenga de ánimos ante el lado difícil de las circunstancias.  Luego esconde el resto tras una carátula vistosa a nuestro criterio, seguida de un índice y buenas intenciones que no siempre funcionan para lo que fueron diseñadas.

Y todos quisiéramos creer en el mismo cliché de los cuentos de la tradición oriental, con un final feliz para siempre o la respuesta inmediata a una frase trillada.  Pero la realidad es otra, la Espumilla de quien me enamoré dejó de serlo hace más de 20 años, y cumplió su promesa de no olvidarse de aquel sueño de adolescencia; rayando los cuarenta también dejé de ser el mismo jovencito de sonrisa irresistible.  Más tarde que temprano logramos aceptarlo, aunque no siempre entenderlo. 

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Fue necesario iniciar de nuevo.  Olvidar el extremo idílico del pasado, aceptándonos como somos –y no somos-.  Aunque tomó tiempo, el cortejo bajo otras circunstancias me hizo entender que si bien las cartitas funcionaban, no significaban amor enlatado y por lo tanto el intento por revivirlas no producirá automáticamente resultados iguales.

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Quizá no funcionará igual para todos como fórmula mágica.  Pero todos estaremos de acuerdo que la felicidad es una decisión interna, compuesta por pequeños ratos de alegría, satisfacción y el contacto personal –no religioso- con alguien más grande que nosotros.

La línea 52 (Parte 2/3)

Eran las 4 de la madruga, luego de una prolongada conversación que parecía no tener final. Veintipico años después, -si lazima nyeupe au-, las casualidades y la magia por muchos satanizada de las redes sociales habían hecho realidad un milagro casi salido de la Enciclopedia Tlön de Borjes.

La charla inició como cualquier conversación adulta a eso de las 10 de la noche:

-Que gusto encontrarte, tanto tiempo después… bla, bla, bla

-…Sí, no la he visto.  A ese sí, creo que vive en Estados Unidos…

-…sabes quien murió, aquel que le decían pedo resentido… jajaja, bla, bla, bla.

-Sí.  No, ¿Gay?… ¡No te creo!, que desperdicio…

23 líneas fueron suficientes para entender que hemos estado desconectados, que somos consecuencia de las circunstancias.  Luego la charla cambió de estrofa aunque no de coro:DEAR JOHN

-¿Y que haces?

-Yo también estudié Bachillerato, luego me fui para… bla, bla, bla.

47 líneas vacías, como la conversación que tendríamos con un ex compañero de trabajo o un encuentro casual en el avión para intercambiar millas por saliva.

Pero la línea 52 cambió totalmente el código:

-Que tiempos aquellos…

El recorrido inició en ese sector de nuestro disco duro, que la desfragmentación no puede tocar, rojo y con una letrecilla B.  Luego se mezcló entre recuerdo y conversación como mapa mental en hilos ligeramente conectados, a partir de su primera sonrisa en aquel salón de Actividades Prácticas, cuando el formón se fue en mi dedo índice; y mientras el más grandulón se desmayaba con la sangre sobre el carrito de madera, ella se quitó la bincha negra que usaba como diadema y en un momento cortó la fuga de sangre y cubrió mi dedo.

Aquella mirada habría quedado en mi memoria por siempre, linda, de mejillas blancas y su sonrisa temerosa, con un salvaje mechón de pelo cubriéndole el rostro a falta de la bincha y su ojo mirándome casi con la ceja izquierda.  No podía recordarla con otra ropa que no fuera su camisa blanca y falda de paletones azules, pero no ocupaba recordar algo más porque el amor en esos tiempos estaba en los ojos -en esos primeros días, claro-.

Ese día fue mágico, mientras la Seño Selva me miraba el dedo en enfermería mi recuerdo estaba en aquella mirada, y la forma como hacía su piquito al decir:

-Presione aquí, más fuerte.

Aquella noche, después de hacer tareas en salón de estudios me acosté en la tarima y fue imposible quitarme su rostro de mi recuerdo.  Cerraba mis ojos y la veía en el cielo falso del techo, los abría y se desvanecía en un tono boreal pixeleado; sentí bonito pensar en ella, y tuve un sueño extraño en que la veía sonreír de lado a lo lejos, en un atardecer que de RGB #DDA0DD en el horizonte se decantaba en sus mejillas y se disimulaba en densos nubarrones tirando como a siena tostado.

Al día siguiente todo parecía volver a la rutina.  La clase de Estudios Sociales con su fastidiosa pregunta de la primera hora, mortales nervios por ser el próximo, que se agotaran las preguntas fáciles, estrés por un presumido estudioso que parecía sabérselas todas y unas tremendas ganas de orinar que provocaba la sarcástica carcajada de la Profesora Élida.  Luego pasó Bocho con la clase de Matemáticas, y entonces me llegó un papelito de tres sillas delante, doblado sin mucha gracia:

-Buenos días mi paciente, cómo está el dedito.

Levanté la mirada, y ella me fotografió con el rabo del ojo al momento que me hizo una leve sonrisa sin Azimut, abierta 32° 27' y 42.77”.

Entonces fui consciente de lo que era estar enamorado.  Respiré entrecortado, no aire sino una mezcla de cuchillos que atravesaron mi faringe, despedazando el nudo de mi tráquea y pasconearon mis pulmones en espectacular latigazo.  Era fatal pero al mismo tiempo suculento, sentía que su mirada estaba en mi sangre, y sin más vuelta le contesté el papelito.

-Está mejor, grasias a alguien.

No me contestó, no me volvió a ver en toda la mañana.  Tuve temor que no le hubiera llegado, me sentí un terrible idiota, al grado que olvidé totalmente lo que había contestado.

Pero el amor en esos días toca la puerta una sola vez; luego como el Gobernador de Los Ángeles, vuelve con todo y camión a derribarla.  Justo eso sucedió en la jornada de la tarde, cuando ella muy seria me pidió prestado el cuaderno de Inglés, y me lo regresó con una cartita doblada artísticamente, pasteleada por encima con ralladura de lápiz de color, con dos letras iniciales entremezcladas que definitivamente decían que era para mí.  La guardé en el bolsillo y soporté desesperado las tres horas que me parecieron una eternidad, con golpes en el corazón, picazón en las costillas y una mezcla de erección con grandes ganas de orinar.  Aquel fue el inició de un ir y venir de cartitas en las que gastaba una hora en escribir del alma, media en volverla a hacer con Larousse en mano y un día entero para esperar una respuesta cada vez más comprometedora.

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Es curioso, eran las 3 de la madrugada, y nuestra charla era una mezcla de estar dormido recordando un pasado fantástico sin un límite claramente definido de estar despierto conversando amenamente.  Hasta ese momento, nunca hablamos de nuestras vidas actuales.

Pero eso solo parecía ser una secuencia del lado inocente del corazón.  Nos reímos al concluir que nunca le pedí que fuera mi novia, y tampoco dejamos de serlo.  No hubo cortejo, no hubo esperas, pruebas de sinceridad, no hubo consultas a la almohada, ayunos, tratos, acuerdos ni tampoco un palo de regreso.  Nunca supimos el momento que nuestras cartitas fueron tomando un lado metafórico al rededor de temas cotidianos pero que sabíamos sin haberlo acordado encerraban significados comprometedores; un lenguaje en clave único, que nació con el dedito y terminó con la espumilla derritiéndose en mi boca…

Una especie de evasión a lo imposible nos impidió preguntar cosas que no queríamos oír.  No nos pedimos el número de teléfono celular, solo el correo, parecía ser suficiente y, entonces, a esa hora de la madrugada en que apenas suenan gatos en el tejado y silbatos de vigilantes trasnochados, acordamos vernos al día siguiente en un Expresso Americano de San Pedro Sula.

Fue entonces, que me di cuenta que horas eran, y en la misma sensación de hacía chorromil años me bañé dos veces, me lavé los dientes una, otra y otra vez, hice gárgaras con el enjuague yodado y me gasté casi cuarenta minutos con la gelatina frente al espejo para disminuir las canas de la vida.  Nervios, incomodidad, desesperación, tal como en aquellos días; tuve la intención de enviarle un mensaje más pero me arrepentí ante el miedo de descomponer la cosa o la sensación que fuera interceptado por alguien más… alguien más… otra persona…

Me dormí un par de horas, en un sueño entrecortado.  Era una extraña sensación de querer salir corriendo y la calma que producía la mirada de aquella chica en la cancha, con la punta de su lengua rozando suavemente el labio superior.  Con sus ojos entreabiertos, lindos, pero idos en el empeño por concentrar todas las papilas gustativas para discernir la espumilla en el umami, o lo que quedara de este en un reciente beso robado allá atrás de la casa donde vivía Laura y Baudilio.  Y luego me despertaba e inevitablemente recordaba sus ojos cerrados, sus cejas fruncidas de pasión cuando nos dieron la orden de finalizar ese tercer beso, sus manos presionando mi espalda para no soltarse y la cosquilla que producía su mordisco suave en mi labio superior…

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Y allí estaba yo, sentado en la mesa del Expresso, con mi segunda taza de Moka cuando cayó el mensajito que esperaba.

-Estoy en el parqueo, ¿dónde estás?

Me asomé a la ventana y un único auto Turquesa estaba estacionándose en reversa.

 

 

Tomado del otro lado, con el mismo permiso, para los únicos que le entienden al hilo

Espumilla (Parte 1/3)

El mediodía era deprimente, con los terribles calores del Valle durante los primeros días de Mayo.  Que llovía, que no llovía, solo sudaba el aire y se deslizaba por mi frente, mi cuello estaba a chorros que bajaban y se amortiguaban en la camiseta que apretaba mis gracias en el apretado brasier, mientras con un cartón intentaba darme aire en aquella sofocante cocina, esperando llegara mi hijo de la escuela para soltarme de los quehaceres.

la cancha

Desesperada, dejé el plato listo en el microondas y me fui a la habitación donde era más fresco, encendí el ventilador y busqué alertas en el correo.  Me llamó la atención un nuevo amigo que habían agregado contemporáneas del internado, cuyo apellido me hacía fruncir el ceño, ver lo que permitía su muro me hizo tomar la silla luego que sentí blanditencia las pantorrillas.  Sería una gran casualidad encontrarse un perfil en Facebook, con un mensaje en su estado en otro idioma inentendible pero  que incluía una palabra que por años había asociado con mi vida personal:

Μην ξεχάσετε μου, espumilla

De modo que en un impulso no pensado le escribí un mensaje, sin siquiera enviarle la invitación de amistad.

-Disculpe, me llama la atención su estado.  ¿Las espumillas son algún tipo de comida?

Luego de apretar el botón azul me sentí avergonzada de no saber que estaba haciendo, por primera vez enviaba un mensaje a un desconocido.  Recordaba haber entrado a Facebook casi obligada por complacer una amiga, y apenas había participado un par de veces antes que el grupo de ex alumnos se plagara de gente que no conocía o que había estado más que mis cortos cuatro meses como interna. 

Pero aquel día era inusual, luego de 11 minutos de navegar en Facebook, reírme de un par de gracias y ver que novedades habían en el grupo, decidí cerrarlo, serví el filete con chismol al chiquilín y le sentencié la tarde con una tareas un álbum de semillas y la dichosa bufanda que parecía ser eterna.

Me di una ducha fresca, volví a la computadora con algo de ansiedad a ver si encontraba respuesta; y nada.  Me fui al negocio después de doscientas recomendaciones -las mismas de cada día- a la niñera y en el primer semáforo volví a ver Facebook desde el móvil; y nada.  Estacioné el auto, miré los mensajes, nada, solo correos normales de cotizaciones pendientes por enviar y uno -otro más- de una amiga que disfruta alimentar mi spam con PowerPoints de forward-to-any-body-else.

Luego me sumergí en el trabajo y me olvidé del tema por al menos dos horas, hasta que llegó el mensaje que estaba esperando a mi iPhone.

-Es una frase con la que me identifico.  La espumilla es un postre que probé una vez que viví en un pequeño poblado de Honduras.

espumillasPero nadie un martes a las 3:47 de la tarde está listo para que las tecnologías nos jueguen bromas más allá de lo que podemos soportar.  La aplicación móvil que uso para leer alertas Facebook me mostró una sugerencia de traducción de aquella frase del Griego a Español, a lo que respondí afirmativamente.

Entonces mi corazón empezó a saltar, mientras mi asistente en la otra mesa discutía con el contador sobre una una tal partida descuadrada en el último balance.  Mi desconcierto era tal que sentía se delataba en mis pupilas y piel de gallina descascarándose por mi rostro, sentí pena de pensar que mis pechos reflejarían los golpes en el escote del segundo botón suelto y me volteé a la izquierda, giré el monitor y abrí Facebook desde el escritorio y entonces… solo entonces un nudo se apoderó de mi garganta en un impotente balbuceo inexplicable mientras la plática de fondo cada vez se iba haciendo más tenue y distante...

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Era sábado por la noche, muy oscura, amenazada por truenos y relámpagos distantes que hacían temblar las seis lámparas fluorescentes que iluminaban la cancha.  En un lado las internas con una consejera en cada extremo, sentadas en un aburrimiento seis contra seis de basquetbol.  Al otro lado los internos tenían una posición similar, pero con más libertades, unos jugando libre, otros en los columpios, otros hacían piruetas por el fondo y los del Anexo cerca del extremo del horno jugaban sacarrin usando de meta un portón que jamás recuerdo haber visto abierto. 

La diferencia de las tres cartitas que intercambiábamos cada semana, con las noches de cancha era que sus palabras tomaban vida,  en su pésima ortografía me llamaba espumiya, insinuando -muchas veces- que su deseo por mí era como el gusto de saborearme suavemente como se deshace este dulce en la boca.  Mis huesos crujían ante tres cuartos de sonrisa de medio lado que dejaban ver una línea pareja de dientes y del otro extremo un chocollo asíncrono por abajo de dos increíbles ojos achinados por la sonrisa;  yo contestaba con disimulo, aunque por dentro me deshacía a morir; mis pechos temblaban, un cosquilleo empezaba en mis costillas y se estrepitaban a mi estómago con reacciones de escalofrío como toques eléctricos, mientras mis piernas se apretaban en una desesperación de euforia, locura, amor y ganas de romper el témpano en un irreverente grito a mis 14 años.

De pronto, cuando estaba en una posición de anotar su mejor gol, en pirueta más de circo que de fútbol mandó el balón por sobre el horno, allá lejos por donde estaba la porqueriza.  Luego me volvió a ver y me hizo una mueca que yo conocía; mi amistad -y complicidad- con alguien de esa pieza me habían permitido en dos ocasiones entrar y verlo en la parte de atrás de la casa, por donde había una prensa de hacer ladrillos.  Apenas habían sido dos besos de 15 segundos, el primero en seco sin abrir la boca, el segundo torpe, más una mordida que otra cosa pues no teníamos la más mínima idea de como funcionaba eso.  Pero la sensación de burlar la prohibición era intensa, él se tardaba un rato como era de esperar y regresaba disimulando su adrenalina con espectaculares goles y épicos alaridos como si hubiera tomado la poción de los galos; mientras que yo, sentada en la acera, cerraba los ojos y disfrutaba aquella sensación en mi boca como quien se come una espumilla rosada, despacio, dulce, suave, suculenta, hasta llegar al caramelo, justo cuando el sabor era parte de mi sangre y se me deshacía en los huesos.   Luego gritaba su nombre hacia dentro de mí, retumbaba adentro como el eco de las cuevas del Cerro Pelón y explotaba por la montaña, hacia San José del Potrero, dando vuelta hacia Mal Paso y girando hasta el otro lado camino a Esquías.  El ritual continuaba mientras ignorante al bullicio me soñaba corriendo por el campo de la avioneta, con él de la mano, el mundo dando vueltas al rededor, perdida en su sonrisa abundante que me miraba, al fondo los pinos cantaban y traían el atardecer de golpe, cuando él me abrazaba fuerte, cubriéndome por completo en un beso interminable…

En esa sensación estaba, esperando entrar por el tercer beso furtivo cuando la lluvia se desplomó como cachalote y mientras los internos celebraban por no tener donde refugiarse, de este lado nosotras nos apiñábamos en el pequeño andén esperando la orden de retirada.  Pero era inútil, la lluvia era frontal y en segundos estábamos empapadas como aquellas gallinas del diluvio de La Hojarasca del Gabo.  Las consejeras empezaron a arriarnos como gacelas para que entráramos al internado, mientras los varones resignados se revolcaban en el fango de los gritos, todo era un caos, excepto los del partido que insistieron  más por rigio que por tozudez.  Entonces, sin pensarlo entré a la casa, y me fui directo a la cocina, abrí la puerta de tela metálica y en medio del escándalo que provocaba la lluvia sobre la lámina de zinc me fui directo al sitio pactado.

Allí mismo estaba él esperándome, pegado en la pared, en un tono RGB #0000ff provocado por los insectos de una lejana lámpara y la evidencia del diluvio.  Tuve la sensación de salir corriendo ante el nerviosismo de tenerlo solo para mí, pero el corazón era más fuerte que la sensación de traición a lo impredecible,  nos arrimamos al retablo que colgaba en el muro, ocultos con la pestaña de indios tallados en madera que habría iniciado Don Nando y que luego habían continuado Waddy Gaitán, Jorge Medina padre y que mas tarde Baudilio nuca finalizó. 

Nos tomamos las húmedas manos con nervios, se abalanzó sobre mí contra el retablo y luego del tembloroso beso de labios cerrados él pasó a mi cuello suavemente, sentí las cosquillas de su bigote púber rozando mi yugular, besé su cabello que en la mezcla de agitación con lluvia soltaba un olor de sudado potro, tibio, húmedo y helado al mismo tiempo.  Debería ser asqueroso pero aquel no era momento para discutir la estética del efluvio, más bien revolvía la parte salvaje de mi vida mientras su beso bajaba a mi clavícula y  mis manos bajaban de su sien a las letras serigrafiadas de su espalda.

la cahcha 2

Sin esperar más levanté su cabeza, obedeció como borrego y me besó suave, esta vez no era seco, ni apresurado, no incluía mordisco ni mucho menos obedecía a las lecciones de besos que Ruth nos aconsejó practicar sobre el brazo.  Era natural, con la boca entreabierta, pizca de lengua y ojos cerrados en un sueño despierto.  La sensación de sus labios era increíble, me daba cosquillas mientras revolvía arpegios que nunca antes había sentido entre forte e pianissimo, con sus manos en mi espalda y su tórax presionando mis nerviosos pechos poco meno di molto fortississimo.

-Jóvenes, retírense.  Fue la voz de la consejera. 

Mi corazón reventó de nervios, pero en lugar de reaccionar éramos como niños a quien les van a quitar un pepe de la boca.   Quizá por saber el precio nuestra reacción fue terminar lo que hubiera de pastel, me besó con más fuerza y me apretó hacia sí hasta que sentí su hombría como borrador presionando mi ropa mojada al tiempo que susurró al oído lo último que recordaría de él:

-No me olvides, espumilla.

El año terminó de forma abrupta para los dos.  Mi peor castigo fue saber que él no me podría encontrar desde el batallón donde escuché iría a parar, a mí me enviaron a Santa Rosa de Copán a terminar mis estudios en otro internado.

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Nadie sabe lo que podría suceder, cuando dos personas, tras divorcios liberadores se encuentran un par de décadas después, y se gastan una noche entera charlando en una ventanita de carcajadas y nervios.  A las 4 de la madrugada llegamos a la ironía que nunca habíamos terminado, salimos del internado en rumbos distintos sin dejar de ser novios y ahora, estábamos allí, apenas a tres horas de un Expresso Americano, con la mismísima sensación de espumillas deshaciéndose en el paladar y escarabajos en el estómago.

Nadie, ni siquiera Mark Surkemberg, nadie… tenía una mínima idea como sería la segunda etapa de este relato.