Espumilla, después de la línea 52 (Parte 3/3)
De regreso a casa, conducía sin prisa, de fondo el instrumental de música andina tocaba suavemente “El sonido del silencio”, en un ritmo algo distinto con el que había llegado a San Pedro Sula por la mañana.
Recordaba el momento sentado en la mesa, más por nervios que por irrespeto esperé hasta que estuvo junto a mí, entonces me paré y la recibí con un caluroso y suave abrazo. Justo cuando esperaba decir algo en su oído me dio un beso en la mejilla e hizo señal para que me sentara de nuevo.
Se sentó al otro extremo. Mi sonrisa debía compararse a la suya, grande de la impresión, nerviosa quizá, como la mía.
-¿Quieres un café?. Le dije con algo de valor, haciendo tiempo para pensar despacio que hacer ahora. Contestó con la cabeza mientras buscaba algo en una elegante cartera, de esas que trafica Cheyla en Times Square.
Mientras estaba en la barra del Expresso, pensaba para mis adentros:
-No parece ella. Debe ser ese tinte que la hace ver distinta.
Nunca imaginé como sería su voz. Pensaba ella, mientras me veía de espalda y calculaba la edad de mis Blue Jeans de Agrónomo.
Cuando volví a la mesa ella miraba medio de canto el Iphone, con las cejas delineadas levemente fruncidas y algo de mal estar.
-¿Todo bien?, dije.
-Si, dijo, y se obligó a otra sonrisa.
Luego empezamos una conversación que parecía campeonato de esgrima con las dudas que habían quedado de la conversación por Chat casi toda la noche. Aunque el interés no parecía en lo más mínimo en el mismo espíritu, y las conclusiones preliminares eran frías: Había estado casada, pero llevaba varios años divorciada, al igual que yo. Tenía un negocio propio, que atendía por la tarde; diferente a mi vida promoviendo proyectos ajenos. Había estado fuera del país un par de años, yo más. Inició una maestría que no terminó, yo la acabé aunque a cuenta gotas.
A medida que hablábamos, podía sentir que sus ojos me recorrían de pies a cabeza. Por buen rato miró mis manos y mi libreta de apuntes.
-Está canoso, y tiene algo de panza.
Luego, cuando volvió a mi rostro intenté una sonrisa como ella me decía que le calaba el corazón en aquellos años, y me sentí ridículo ante una mueca de lado que no pudo evitar.
El bigote es más abundante, pero ya no le luce.
Su cara era bonita, aunque estaba bastante cambiada. Sus mejillas llenitas ahora se afilaban en pómulos que resaltaba el maquillaje. Pese a los años se miraba muy bien conservada, más delgada que como me la imaginaba, un vientre liso que no parecía haber tenido un hijo. Un fino collar hacía ver delgado su cuello, por arriba del escote que hacía sobresalir sus gracias dentro del orden de lo decente. Dos anillos en cada mano parecían algo extraños; tras la renuncia optimista de mis prejuicios terminé aceptando que se veía bien.
No es su rostro, pensé.
Se ve bien, pensó ella. Aunque algo agotado.
En el fondo ninguno de los dos tomaba importancia a los temas de los que hablábamos. Cada uno recorría el físico tratando de encontrar un hilo de atracción que se conectara con aquella noche de apretones en la prensa de hacer ladrillos. El esfuerzo por reconocer aquellos labios capaces de deshacer una espumilla en el recuerdo parecía tan difícil como entender la evolución de un bigote adolescente aun no rasurado con uno abundante tallado en los extremos.
Ni siquiera saber que ambos estábamos disponibles después de liberadores divorcios pareció ser importante. No estábamos en eso aunque lo habíamos pensado mucho antes del encuentro.
Es divorciado, es libre, pero con hijos.
Una mujer así de guapa solo se deja por insoportable, o porque el hombre es un completo idiota.
El ambiente tomó un mejor camino cuando comenzamos a hablar de nuestros días en el internado. La magia asomó por sus ojos, y pude ver un brillo bastante parecido en sus pupilas cuando hablamos de las cartitas, luego se desvaneció. Se echó dos carcajadas ante lo inevitable del olvido y recuerdo hilvanado.
-Sí, es ella dije. Son sus ojos detrás de esa línea negra.
Me remonté por un rato al mechón de aquel día, cuando en piquito de ternura curó mi dedo. Intenté encontrarlo cuando tomó la pajilla y revolvió la cuarta bolsita de azúcar en un café moka tamaño mediano.
Luego miró el sobre, hizo un ademán en desagrado y llamó a la dependienta.
-Disculpe, me dijo que esta azúcar era de dieta.
-Sí lo es, dijo la joven que cargaba una bandeja verde.
-¡No lo es! le dijo, con un tono más fuerte.
La señora se llevó el café y prometió traerle uno nuevo con la bandeja completa de azúcar para que la eligiera ella misma.
Regresó al diálogo en una sonrisa rogada, y su ceño se mantuvo fruncido de forma permanente.
Es atractivo, pero no es él.
Se ve guapa, pero no es ella.
Fueron conclusiones inevitables a las que llegamos con cada vez más claro convencimiento, lo que marcó la ruta para el resto de la conversación que se desencantó al ritmo que se acababa el café. Mi teléfono sonó dos veces, ella contestó tres mensajes y leyó tres más, hasta que ya no había mucho más de qué hablar ni siquiera qué tomar. No había tiempo ni justificación, ni ánimos para pedir otro moka, pese que estaba delicioso.
_____Sugiero activar el audio de aquí en adelante.______
Al despedirme de ella en el parqueo, tomé su mano y miré a sus ojos, presioné dos de sus dedos y con decisión busqué aquella mirada que por años había soñado. No pensé en como me vería ella, sino qué esperaba encontrar yo. Me olvidé de las espumillas deshaciéndose en su boca, del Rimmel de sus párpados y busqué justo en el reflejo de sus pupilas.
Pude verla, ella tardó un momento pero también me miró y por primera vez sus cejas bajaron de manera natural. Se humedecieron sus ojos como temblando, y luego bajó la mirada. En un cortísimo momento apareció la chica de la cancha convertida en una dama y en un leve toque de química en esa conexión, me apretó el dedo y con una sonrisa llorosa me dijo:
-Se ve que tu dedo se curó bien.
Luego se tiró una carcajada de lágrimas. Se me rompió el alma y la abracé por segunda vez, ahora sin prisa, mientras ella con sus lágrimas humedecía mi cuello en el compás de un sollozo inexplicable que seguramente los timbales de mi palpitación entendieron.
Me dijo las palabras más sabias que podría haber escuchado, para resolver temporalmente la crisis de mi vida, y seguro también de la suya.
-Quiero conservarte en mi mente como te conocí.
Asentí con la cabeza, casi convencido que lo mismo podría decirle si tuviera suficiente elixir en mi elocuencia.
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En mi viaje de regreso, me remordían, sin incomodarme al extremo unas cuantas dudas.
- Si realmente había valido la pena conservar tanto tiempo aquellas cartitas.
- Si habría tenido sentido buscarla tantos años, y qué valor agregado tenía el esfuerzo que también ella hizo.
- Porqué tenían que ser tan difíciles las cosas para los adultos.
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Pero así es la vida. Nuestra memoria filtra los mejores momentos, pese a ser difíciles, sabe remarcar en texto lo valioso y etiquetarlo en prioridad para que la nostalgia nos mantenga de ánimos ante el lado difícil de las circunstancias. Luego esconde el resto tras una carátula vistosa a nuestro criterio, seguida de un índice y buenas intenciones que no siempre funcionan para lo que fueron diseñadas.
Y todos quisiéramos creer en el mismo cliché de los cuentos de la tradición oriental, con un final feliz para siempre o la respuesta inmediata a una frase trillada. Pero la realidad es otra, la Espumilla de quien me enamoré dejó de serlo hace más de 20 años, y cumplió su promesa de no olvidarse de aquel sueño de adolescencia; rayando los cuarenta también dejé de ser el mismo jovencito de sonrisa irresistible. Más tarde que temprano logramos aceptarlo, aunque no siempre entenderlo.
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Fue necesario iniciar de nuevo. Olvidar el extremo idílico del pasado, aceptándonos como somos –y no somos-. Aunque tomó tiempo, el cortejo bajo otras circunstancias me hizo entender que si bien las cartitas funcionaban, no significaban amor enlatado y por lo tanto el intento por revivirlas no producirá automáticamente resultados iguales.
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Quizá no funcionará igual para todos como fórmula mágica. Pero todos estaremos de acuerdo que la felicidad es una decisión interna, compuesta por pequeños ratos de alegría, satisfacción y el contacto personal –no religioso- con alguien más grande que nosotros.


Pero nadie un martes a las 3:47 de la tarde está listo para que las tecnologías nos jueguen bromas más allá de lo que podemos soportar. La aplicación móvil que uso para leer alertas Facebook me mostró una sugerencia de traducción de aquella frase del Griego a Español, a lo que respondí afirmativamente.

